Paguémoslo

OPINIÓN

AUNQUE un conocido profesor y periodista me llama «neno labrego», lo cierto es que me queda poco de aquel rapaz de aldea que un día fui. Tampoco soy un experto en materias agrarias o rurales, y bueno es que se sepa antes de leer lo que sigue. A nadie se le ocurre pensar que las decenas de miles de hectáreas que arden cada verano son un problema de los agricultores, de la gente que vive en el mundo rural o de los propietarios de esos bosques, vivan donde vivan. Lo cierto es que, como rezaba el viejo eslogan, se quema algo nuestro. Y si es nuestro, deberíamos contribuir a mantenerlo, es decir, no sólo a prevenir y extinguir incendios, sino a lograr un medio rural mejor que el que tenemos, más cuidado. La solución, me parece, no radica en asignar cantidades de dinero crecientes a la compra de medios y a pagar cuadrillas. Ni en venir después de la catástrofe a socorrer a los afectados directos, ¿y a los demás quién nos paga? Así sólo conseguiremos más hidroaviones, más autobombas y... más hectáreas calcinadas. Nadie puede proteger mejor nuestros bosques que sus propietarios y vecinos. Seguro que es posible arbitrar un sistema que les retribuya en función de resultados medibles en la prevención de incendios, pero también en la mejora -incluso estética- del medio rural. Los campesinos tienen un problema de futuro: envejecen sabiendo que apenas pueden vivir del campo y que, desde luego, sus hijos no podrán, al tiempo que se alejan de las ventajas y servicios urbanos. Ambas cosas terminan por despoblar el medio rural y desprotegerlo. No podemos permitírnoslo, ni por ellos ni por nosotros. Paguémoslo antes. Si hubiéramos invertido en nuestra gente parte de los 130.000 millones de euros perdidos, el campo gallego tendría esperanza, turismo y... bosques.