EL SIGLO XX, tan civil, republicano y laico, fue diestro y pródigo en personajes que se abrazaron al uniforme como si de ese atuendo dependieran en gran medida unos anhelos de permanencia tomados directamente del Vaticano y la corona. Fidel Castro es el último de una galería de gobernantes vestidos de verde oliva o de gris pardo y muy predispuestos al correaje, empeñados en mandar y vivir como si fueran reyes y papas, y a los que sólo faltó ver alardear de que curaban a los enfermos imponiéndoles las manos. Sus biografías sugieren que, para patología, la de estos próceres, enfermos de longevidad, pretensiones de infinito y ansia de juventud eterna. La revolución tiende siempre a confundir lo eterno con lo anciano y a rehuir la juventud ajena en beneficio de la propia, convertida en una holografía terca, en la estampa de un milagro. Aunque puede que todas esas consideraciones, por más que ciertas, sean muy sumariamente secundarias si se imprime un giro de 180 grados al punto de vista y se entiende que la revolución fue siempre la esperanza. La política, la historia y la vida están llenas de grandes palabras, que son la mejor residencia para un buen número de canallas. La revolución es la inconclusa promesa de que esos canallas no volverán, ni ellos, ni sus grandes palabras. Pero esos canallas vuelven, una y otra vez regresan y, en no pocas ocasiones, en la piel y los pasos de los propios revolucionarios, extraviados de la revolución y pastoreados de sí mismos. Fidel Castro entró a ese pastoreo según entraba en La Habana, quizá unos pocos días o meses después, y tal vez, es muy posible, en contra de su voluntad, o de unas cuantas de sus muchas y múltiples voluntades, la mayoría de las cuales aún no le habían sido reveladas. Como tampoco la cifra de cuantos morirían por su mandato, de los amigos que perdería o traicionaría a lo largo de la vida, y de las veces que intentarían quitársela. Claro que entró en la historia tan a sangre y fuego como para asegurar que el resto de la obra iba a tener poco que ver con un salón de baile. Fue el producto de la descolonización y de la guerra fría, así como del gansterismo político desarrollado en Cuba bajo la democracia americana. Es muy probable que al comienzo de su insurgencia sólo pensara en sí mismo. Pero tardó muy poco en pensar en los demás y, así, el 7 de enero de 1959 abolió todos los partidos políticos cubanos. Un mes después, decretó una «ley fundamental de la República» por la que otorgaba poder legislativo a su propio gabinete, el mismo al que 47 años después avisa de que el poder pasa al hermano del Supremo Ensimismad o, como si quedaran dudas que solventar respecto al bonapartismo caribeño encarnado en una dinastía de uno solo que, al borde del abismo, sale a la calle en busca de personaje y autor. Siempre es curiosa la vida de estos hombres entregados con generosidad y largueza a la masa hasta convertirse en la unidad que la da sentido y despliega todas sus incertidumbres. Son biografías puntiagudas y vistosas, con un final prolongado, como si de alguna manera se buscara el equilibrio entre los entretenimientos.