Sobre el rabo del perro de Alcibíades

PROCOPIO

OPINIÓN

24 jul 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

ESTABA atardeciendo. Por los Campos Elíseos, desde el Rond-Point hasta lŽEtoile, las últimas luces de la tarde huían ya sin remedio ante el parpadeo polícromo y nervioso del neón que rápidamente se iba haciendo el dueño de la noche. París, una vez más, era una fiesta. Pero Corvus no tenía el cuerpo para fiestas. Se daba cuenta de que a medida que se acercaba la hora, una extraña inquietud le invadía la mente y el corazón obligándole a moverse sin parar y a buscar a alguien con quien cambiar unas palabras. Por cinco veces había abandonado el escondrijo que se había construido en el interior de una de las arcadas del Arco de Triunfo. Para intentar tranquilizarse se tomó un par de copas en Fouquet?s y, en vuelo rasante, continuó inspeccionando una y otra vez las mansardas, recovecos y chimeneas de los tejados de las esquinas formadas por las doce calles que el barón Haussmann hizo desembocar en lŽEtoile. Allí llevaban ya casi dos horas apostados 99 cuervos llegados desde las más ricas e ilustradas corveiras de toda Europa. Porque junto a los 14 cuervos del Xallas a cuyos cuerpos habían emigrado las almas de los guerreros de don García, primer y desdichado rey de Galicia, estaban los descendientes de los cuervos que alegraron las mañanas del obispo Maeloc, señor de la diócesis trashumante de Britonia. Y los paleocristianos, que habían venido desde Treveris cantando himnos en honor de Prisciliano. Y los fornidos habitantes de las Tierras Altas de Transilvania, amigos de Sandor Marai. Y, ¿cómo no?, los cuervos que lucharon en la resistencia italiana y que fueron inmortalizados por Italo Calvino. También estaba allí aquel tétrico cuervo-profeta de Allan Poe, que, con su graznido insolente e insistente ?never more, never more, never more? se había adelantado casi siglo y medio a Manolo OŽRivas inventando el Nunca Máis. O aldraxe Amigos y solidarios todos estaban allí convocados por Corvus Corax Xacobeus para intentar reparar un aldraxe. La Mesa pola Normalización Lingüística se había dirigido varias veces al Gobierno de Francia solicitando que hiciese desaparecer la ele con que aparece escrito el nombre de La Corogne en el Arco de Triunfo como una más de las múltiples victorias de Napoleón. Contra lo que pudiera pensarse, la cuestión no consistía en reparar el honor militar de Sir John Moore, cuyo cuerpo descansa en el romántico jardín de San Carlos, acompañado del bellísimo poema que le dedicó Rosalía y del afecto unánime de los coruñeses. El problema era la presencia de esa ele intrusa y castellanizante. Cansada y ofendida ante la falta de respuesta, la Mesa optó por una vía alternativa: puso un anuncio en Internet ofreciendo un premio a quienes por cualquier procedimiento resolviesen definitivamente la cuestión. Operación A Corogne Por aquel tiempo, Corvus andaba medio mustio y necesitaba de aventuras, por lo que nada más ver el anuncio diseñó rápidamente una operación. Al ir avanzando el fusco-lusco en el preciso momento en el que a la distancia de un metro no puede ya distinguirse un hilo blanco de un hilo negro, desde los tejados colindantes los cuervos se lanzarían en picado contra la pared del Arco del Triunfo donde campeaba aquella ele intrusa y extranjerizante. Y eso era lo que ahora ya estaba sucediendo. De todas partes salían oleadas de cuervos gritando never-more, never-more, y embistiendo con sus picos y garras la ele de la discordia. No había pasado media hora cuando el nombre de la discutible victoria de Soult y de Ney en Elviña figuraba ya y para siempre como A Corogne. Corvus besó y abrazó uno a uno a todos los cuervos, y sobre la tumba del soldado desconocido desplegó una bandera blanca cruzada por una banda azul (bueno quizás el soldado no fuese tan desconocido, ya que algunos cuervos decían que la cultura de su jefe era tan amplia que sabía incluso el nombre del soldado, el menú de la Última Cena y para qué servían las Cámaras de Comercio). Premio, musa y despedida En la hora de la despedida, los paleocristianos de Treveris anunciaron que antes de regresar a su patria irían en peregrinación a Compostela a venerar el sepulcro de su mártir y señor. Y los trashumantes de la Ecclesia Britonorum dijeron que tendrían un xantar en la parroquia de Bretoña, allá por las tierras de Miranda, cerca de donde nace el Miño y que después, ya en Mondoñedo, dejarían rosas y camelias a los pies de la efigie de don Álvaro. Pero, entonces, alguien preguntó: ¿y el premio?, ¿quién va a recibir el premio? El premio consistía en que al cuervo elegido para recibirlo le harían una fotografía artística posando en el hombro izquierdo desnudo de Ánxela Bugallo, musa indiscutible de la minoría cultural predominante desde la llegada del cambio tranquilo. El premio incluía también la posibilidad de cantarle o decirle a la musa unas palabras al oído. Sin decir una palabra, Corvus dirigió su mirada hacia un cuervo casi adolescente, que en aquel momento contemplaba medio absorto cómo poco a poco se iban encendiendo las estrellas en el cielo de París. Vivía solitario en los jardines de la Alhambra y se alimentaba tan sólo de cerezas y alhelíes. Y también de la admirada devoción que sentía por Federico García Lorca y por Eduardo Blanco Amor. El adolescente había puesto música y traducido al sufí el más bello poema jamás escrito en lengua gallega: «Chove en Santiago meu doce amor/ camelia branca do ar brila entebrecido o sol/ chove en Santiago na noite escura/ herbas de prata e de sono cobren a valeira lúa». Se decía también que el adolescente había enseñado a cantar el poema a los mirlos y a los cuervos del Generalife. Los cuervos veteranos curtidos en más de cien batallas pensaban que Corvus empezaba a chochear, pero aceptaron sin problemas la decisión. Una debilidad puede tenerla cualquiera, y además empezaban a reconocer que el machismo propio de la etnia daba cada vez peor imagen. Atenas y A Coruña Rematada la operación, Corvus decidió quedarse unos días en París. Quería reunirse con su amigo Roberto, un chileno que malvivía en París haciendo traducciones y cuya última y tristísima aventura con la niña mala acababa de contar primorosamente Mario Vargas Llosa. Estaban cenando en el bistrot que Corvus prefería (13 rue de la Ancennne Comedie, www.procope.com), junto a la silla y la mesa en las que Voltaire tenía su tertulia los escasos momentos en que no andaba huido por la persecución de la Corona o de la Iglesia cuando sintió una punzada en el costado izquierdo. Corvus pagó la cuenta, se despidió de su amigo y salió a la calle. Porque lo cierto es que a pesar del éxito de la operación A Corogne, Corvus era incapaz de participar en la euforia general. Algo le mordía y remordía la conciencia. Se autodiagnosticó: era la culpa. Pensó: ya está aquí otra vez somatizándose la culpa. Su formación judeocristiana le hacía muy vulnerable al sentimiento de culpabilidad. Ahora pensaba que había cometido un grave pecado de deslealtad y sabía que no se liberaría de esa sensación si no ofrecía una reparación. El cuervo pidió un teléfono y marcó el número de la Embajada en el Vaticano. Expuso compungido su problema a su amigo el embajador. Y cuando éste, en su recién estrenado latín, le dijo: ¿Tu quoque fili mei?, Corvus pensó que le estaba dirigiendo las palabras que César dijo a Bruto cuando vio en sus manos el puñal asesino. Pero, en tono jovial, el embajador continuó: «También tú, hijo mio, estás entre aquellos que no saben que esa ele que con tanta furia acabáis de destruir para mí no significaba otra cosa que lo mismo que para Alcibíades significó el rabo de su perro». Y también le dijo: «Quien busca la justicia con demasiado empeño, en realidad lo que está buscando es venganza». Después, la comunicación se cortó y ya no pudo reanudarse. Entre todos los cuervos, ninguno fue capaz de aclarar qué podría querer decir la referencia al rabo del perro de Alcibíades, hasta que un viejo cuervo de Belvís, antiguo compañero de don Paulino Pedret, y que acudía de incógnito a la tertulia del hotel Araguaney en la que todos los martes imparte lecciones de sabiduría y erudición el más ilustre latinista del país, les aclaró: «Alcibíades, sobrino de Pericles, fue un joven aristócrata aventurero de la política ateniense. Una especie de playboy. Pero fue también discípulo y amante de Sócrates, y en el banquete Platón pone en su boca las más bellas y profundas palabras sobre el amor». «¿Y qué tiene que ver todo esto con el rabo de su perro?», preguntó un cuervo cansado ya de tanta erudición. Sin inmutarse, el antiguo compañero de don Paulino continuó: «Cuenta Plutarco que, cuando arreciaban las críticas de la sociedad ateniense por su vida disoluta y chapucera, Alcibíades decidió cortar al ras el rabo de su perro preferido. Cuando un amigo le preguntó por qué lo había hecho, le contestó: porque mientras me ataquen por haberle cortado el rabo al perro no lo harán sobre cuestiones más importantes». Y todos coincidieron en afirmar que el conocido empecinamiento del señor alcalde en mantener la ele de La Coruña había funcionado tanto o más eficazmente que el corte del rabo del perro de Alcibíades. Tótum o tótem Unas bombas de palenque sacaron a Corvus de su sueño. Galicia celebraba su Día Nacional. La nación: también aquí lo Fragmentario aspiraba a integrarse y a tener sentido dentro de una Totalidad. Sin saber por qué, Corvus se acordó de Antón Bahamonde y del Laberinto y sus Salidas. El peligro de todo tótum, pensó el cuervo, es acabar convertido en tótem. En un periódico leyó que una minoría gobernante se negaba a acudir al barroco y fastuoso ritual de la catedral. Al principio, Corvus pensó que era un error, pero pronto empezó a sospechar que alguien más había aprendido y ya estaba practicando la astuta estrategia de Alcibíades.