CARLOS G. REIGOSA
23 jul 2006 . Actualizado a las 07:00 h.EL PLACER de ser español se acrecienta al menos en esos domingos en los que se juntan las carreras de fórmula 1, las de motos, algún gran torneo de tenis, el ciclismo de una gran carrera con aldabonazo gallego, el golf internacional, el baloncesto (con nuestros chicos en la NBA), el fútbol de relumbrantes fichajes, etcétera. Hay fines de semana que nos resultan simplemente agotadores, y tan trufados de éxitos que nos cuesta creérnoslo, sobre todo a los que sudamos la camiseta en 1959 para ganar un Tour de Francia con Federico Martín Bahamontes o en 1965 para ver el triunfo de Manolo Santana en Wimbledon. Días aquellos épicos e inolvidables... que ahora parecen gestas de coser y cantar. Fernando Alonso es la fiera que faltaba en la fórmula 1 para desbancar al supermán Michael Schumacher (que todavía resiste como los buenos). Rafa Nadal ya le ha hecho morder el polvo varias veces al suizo Federer, cuyos éxitos se van moderando ante el empuje del manacorí. En motos, parecemos los organizadores de un festival propio, con Dani Pedrosa (en abierto desafío con el campeonísimo Valentino Rossi), Jorge Lorenzo, Bautista, etcétera. Hay domingos en los que no hay forma de despegarse del televisor, asombrados por nuestro propio esplendor deportivo (y no sólo deportivo). España es ya tan irreconocible como preconizó Alfonso Guerra, pero no porque haya pasado por la izquierda y por la derecha, sino porque ha crecido y se codea con los mejores, con los que hacen la Historia (y no sólo la sufren). Los países vecinos nos miran con pasmo. ¿De dónde ha salido tanta vitalidad? Deberían saberlo. Nos empuja la memoria del hambre (también de títulos), y la necesidad -y la posibilidad- de ser alguien. ¿Se habrán enterado de ello nuestros políticos? ¿O acaso sólo ven la televisión cuando habla de ellos?