Galicia se quema entre la plaga y el tópico

OPINIÓN

DESPUÉS de la oleada de incendios de 1989, el entonces candidato a la presidencia del la Xunta, que se llamaba Fraga, planteó la lucha contra el fuego como un reto personal. «Yo no soy como Sineiro», se dijo. Y empezó a dar órdenes a las llamas, para que se apagasen, con la misma solemnidad con la que san Antonio de Padua calmaba las tempestades. Claro que el resultado también fue parecido, y, después de un milagrito por aquí y otro milagrito por allá, los tsunamis siguieron arrasando países enteros, y las llamas chamuscando Galicia. Si la Xunta evaluase las políticas públicas, sabríamos que el inmenso gasto que se destina a la lucha contra los incendios, la criminalización de las barbacoas y la reforma atropellada de las leyes están teniendo un resultado muy próximo al cero patatero, y que, mientras le echamos al fuego un pulso imposible, estamos cubriendo toda Galicia de un matorral desordenado que acaba primero con pastos y labradíos, y que luego se quema en espectaculares incendios. Visto lo cual, si fuésemos lógicos, estaríamos cambiando el discurso forestal. Estaríamos aceptando que la dialéctica entre el bombero y el pirómano sólo sirve para acumular combustibles, y que faltan políticas que sitúen los bosques en su sitio, las casas en el suyo y los incendios en la racionalidad económica. Y en modo alguno estaríamos presos de una valoración simbólica del fuego que lo ha convertido en el primer problema del país, y que reduce a los conselleiros de turno a la condición de titanes heroicos, inexorablemente derrotados, que malgastan sus vacaciones en posar delante de las llamas y en conmover con su esfuerzo estéril a las gentes de buena fe. Cuando yo era pequeño ardieron -varias veces- los montes de Forcarei. No había aviones, ni motobombas, ni excavadoras, ni cuadrillas, pero jamás se quemó una casa. Eran tiempos en que los montes estaban en su sitio, los árboles en el suyo, los cultivos donde corresponde, y las casas a buen recaudo. Pero ahora, con tanto avión y tanto infrarrojo, cada año pasamos más apuros, evacuamos a más gente, y vemos como el fuego baja a las aldeas y cultivos mientras las casas gatean monte arriba. Y eso quiere decir que vamos por el camino equivocado, y que gastamos en política apagafuegos los recursos que necesitamos para ordenar el país. A base de tópicos y lamentos no se llega a ninguna parte. Y no tiene sentido seguir una senda sin destino por el simple hecho de que la inercia populista no desgasta a los gestores. Pero las cosas están de tal manera que, lo que a muchos gallegos les parece una plaga apocalíptica, a mi me empieza a parecer la serpiente del verano. O la murga noticiera de todos los días.