Un crimen que provocó otro

| CARLOS FERNÁNDEZ |

OPINIÓN

«Tu marido será pronto un cadáver», decía un anónimo recibido por la esposa del teniente José Castillo en mayo de 1936. Aquel anónimo se hizo realidad el 12 de julio. El asesinato de este guardia de asalto, socialista y miembro de la Unión Militar Republicana Antifascista, provocó, en venganza, la muerte del diputado del Bloque Nacional José Calvo Sotelo.

11 jul 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

Se acusaba a Castillo de disparar contra un primo de José Antonio Primo de Rivera, Andrés Sáenz de Heredia, que resultó muerto, en los incidentes producidos en el entierro del alférez García de los Reyes, el cual había sido alcanzado mortalmente por un disparo al creerse que estaba apuntando a la tribuna presidencial durante el desfile conmemorativo del quinto aniversario de la República, en el paseo de la Castellana, en Madrid. La escalada de la tensión provocada por la derecha tras el triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero del 36 se manifestaba imparable. El 12 de marzo los falangistas atentaron contra el vicepresidente de las Cortes, Jiménez de Asúa. El 22 del mismo mes había sido asesinado el ex ministro Alfredo Martínez. El 15 de abril se asesinó al juez Manuel Pedregal, ponente en el juicio que condenó a un falangista a 25 años de cárcel por el atentado contra Jiménez de Asúa. El 7 de mayo corrió la misma suerte el capitán Faraudo mientras estaba paseando por la Gran Vía madrileña con su mujer. Y el 12 de julio, cuando el teniente de asalto José Castillo iba al cuartel de Pontejos, fue asesinado por cuatro pistoleros ultraderechistas en una esquina de la calle Fuencarral. El militar, que pertenecía a la UMRA (Unión Militar Republicana Antifascista), intentó empuñar el arma que llevaba en el cinto, pero no pudo hacerlo y cayó desplomado y arrolló al periodista Juan Fernández Cruz, que pasaba casualmente por allí. Las últimas palabras de Castillo fueron: «Lléveme con mi mujer, que hace poco la dejé en casa» (acababan de volver de un paseo). Pero trasladado al centro asistencial de la calle Ternera, ya ingresó cadáver. El crimen causó una gran conmoción, especialmente entre los guardias de asalto compañeros de Castillo. En una reunión en el cuartel de Pontejos, se decidió nombrar a una comisión de oficiales para que acudiese a entrevistarse con el ministro de la Gobernación, señor Moles. Éste les prometió la detención de sospechosos de pertenecer a bandas de ultraderecha. Y cuando esta entrevista se desarrollaba, un capitán de la Guardia Civil, vestido de paisano, se presentó en el cuartel de Pontejos. Se llamaba Fernando Condés, de 30 años, natural de Vigo, militante del PSOE y bastante exaltado. Condés no estaba de acuerdo con efectuar una simple detención de pistoleros de ultraderecha. Iba mucho más arriba en su venganza. Tenía en mente tres nombres de conocidos diputados de la derecha: Goicoechea, Gil Robles y Calvo Sotelo. Los dos primeros estaban fuera de Madrid, por lo que se decidió el asesinato del tercero de ellos.