UNA oenegé conservacionista anuncia casi trescientas mil nuevas viviendas en la costa gallega. Quince puertos deportivos con 3.500 puntos de atraque y media docena de campos de golf repartidos por el litoral. Todo comenzará a edificarse este año, al menos ya disponen de licencias. Al noroeste del edén quedan todavía playas vírgenes, arenales que no han sufrido el cerco del ladrillo ni la agresión del cemento, y que hasta ahora se mantenían como en el primero de los días de la creación. En la costa norte se ubican multitud de pequeños pueblos pesqueros, núcleos semiurbanos de postal e innegable belleza, que están cayendo en las redes de los abanderados de la especulación y del feísmo que degrada el paisaje. Defienden el caos constructivo en base a falaces supuestos que anteponen el progreso económico al crecimiento sostenible. Es el auge del feísmo insostenible, que como una nueva plaga milenarista arrasa nuestra costa, acaso la más bella, salvaje y escasamente contaminada de hormigón de todo el litoral español. Galicia está en el punto de mira, en el centro de la diana de los traficantes del ladrillo, de los promotores desaprensivos, de arquitectos depredadores vendiendo moles informes con el reclamo de unas inmejorables vistas al mar, y el posicionamiento en la primera línea de playa como argumento incuestionable. Son las segundas viviendas a precios todavía por bajo de la media levantina tomada como unidad de medida, y aun así pervierten el mercado local. Conozco pueblos costeros, el mío, sin ir mas lejos, Viveiro, en los que el metro cuadrado se triplicó en los últimos cinco años impidiendo u obstaculizando la compra de una vivienda a quien reside y trabaja allí todo el año. Las aberraciones urbanísticas son visibles por todo el litoral gallego. Hasta ahora parecían inevitables, el caos y la ley de la selva tenía un fuerte acento autóctono. La más elemental de las emulaciones se contemplaba desde el papanatismo paleto. Sanxenxo era un enclave gallego trasplantado de la Costa del Sol y en el norte del norte Viveiro o Foz tenían un aire de Sanxenxo. Baiona continuaba siendo exhibible, y en eso estábamos cuando llegó el desorden, las licencias a mansalva, a voleo, la ausencia de planes generales, Galicia como último reducto para inversores sin escrúpulos. Nigrán, Cee, Ares, Carnota , el aluvión, grandes ofertas, le vendemos la costa parcelada al mejor precio. Y no queda leira, terreno o solar vecino al mar que no constituya objeto del deseo especulador. Galicia ganando la carrera al atraso atávico y siempre con retraso. No llegamos, nos quedamos cortos en la legislación, en las urgencias, legitimamos ilegalidades y no queremos -¿sabemos?- llamarles a las cosas por su nombre. Estamos a cinco minutos de lo irreparable, y mientras nos instalamos en el debate bizantino y atribuimos sexos varios a los ángeles y demás arcángeles, legalizamos con silencios administrativos el más sostenible de los feísmos, el que envilece el paisaje, el que degrada la convivencia, el que nos recuerda que no tenemos remedio. Ojalá me equivoque y aún estemos a tiempo de salvar la costa norte, en su día lo más parecido a lo que nos contaron que era el paraíso.