LAS CONMOCIONES, siempre condicionadas por el número de víctimas, no pueden menos de estremecernos, en mayor medida cuanto más próximas. Sencillamente porque, en tales casos, sí nos ponemos en el lugar de las familias y los amigos, que podrían haber sido los nuestros. Pero esta reacción humana no basta para reducirlo todo a cantidad y proximidad. Prima, se reconozca o no, lo cualitativo según la escala de supuestos valores que hemos convenido dentro de la sociedad dominante. El mismo día en que casi medio centenar de personas perecían en insólito accidente, pero al fin casual, en la estación Jesús del metro de Valencia, cinco antes de la llegada del Papa, 21 inmigrantes ilegales se ahogaban frente a la cosa del Sáhara, mientras que en Melilla morían otros dos al pie de ese nuevo muro de la vergüenza al revés que protege los escaparates de Occidente. Cerca de 50 simpapeles borrados para siempre en sólo una semana. Nos representamos también la perplejidad, diplomáticamente encubierta, de los mandatarios de la India cuando Zapatero, en visita oficial, anunciaba su decisión de emprender el regreso sin dilación, a causa de un accidente sobre raíles con poco más de 40 muertos. ¿Demagogia? Sí, sí. Como se apostillaba en otros tiempos; la demagogia está en los hechos.