ALGUNOS tenemos ciertas debilidades. Qué le vamos a hacer. Profesamos un hondo respeto por todos aquellos que se han dejado la piel batallando por las libertades y por levantar el país del que ahora disfrutamos. Como, por ejemplo, Isaac Díaz Pardo. Y admiramos a los que lucen canas y pueden jactarse, que nunca lo hacen, de una larga trayectoria de compromiso, nobleza y decencia. Como, por ejemplo, Isaac Díaz Pardo. Lo que ocurre es que no todos pensamos lo mismo. Hay quienes creen, por ejemplo, que tener 86 años es un freno definitivo para seguir al frente del grupo de empresas que él mismo creó. Hay también quienes, cegados por la ambición, no reparan en las formas para asaltar y controlar una empresa. Y hay quienes, que por cierto son los mismos que los anteriores, quieren cambiar la filosofía empresarial de un grupo histórico creado para vender cerámica, hacer cultura y hacer país, por otro donde se gane dinero a raudales. Los yuppies que asaltaron, eso sí desde el amparo que da una junta de accionistas, las empresas de O Castro y Sargadelos, desalojando de su propia casa a quienes las crearon y guiaron hasta hoy, desconocen lo que significa la palabra respeto. Y lo que significa respeto a una trayectoria ejemplar. Respeto a un proyecto empresarial. Respeto a un emblema de Galicia. Respeto al orgullo de los gallegos. Respeto a la conciencia crítica de un país. Nadie le niega a estos yuppies modernos el derecho de ganar dinero a manos llenas en sus negocios. Pero sí hay que explicarles que se han equivocado. Tal y como entienden el mundo de la empresa deberían de haber invertido en negocios que todos tenemos en mente y que, según parece, son muy rentables. Van más con su estilo. Y no pisotear a uno de los referentes de nuestras vidas. Que merece un respeto. El que todo un país le tributa a Isaac Díaz Pardo.