Dos días antes, Galileo Galilei se había puesto de rodillas ante los jueces de la Inquisición negando que la Tierra se moviera. Los del Santo Oficio, temerosos de su fama, dejaron que el científico volviese a las afueras de Florencia el 24 de junio de 1633.

23 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

Después de un largo y penoso juicio, el 22 de junio de 1633, Galileo se postraba de rodillas ante los jueces del Santo Oficio. Con la cabeza inclinada recitó la fórmula de rigor y negó que el Sol fuera el centro del Universo y que la Tierra girara alrededor del Sol. A sus 69 años, Galileo era un reconocido científico en la Europa de su tiempo, famoso por la claridad de sus escritos y por ridiculizar eficazmente a sus contrarios. La Iglesia, a través del Tribunal de la Inquisición, lo había doblegado. A pesar de ello, la leyenda cuenta que musitó: «Eppur si muove» («y sin embargo se mueve», refiriéndose a la Tierra). La ignominia había fraguado. La Iglesia hizo ostentación de su poderío, se metió en un terreno que no es el suyo y humilló a un sabio anciano. Recientemente la Iglesia ha reconocido públicamente su error y ha tratado de limpiar de culpa la figura de Galileo. Un poco tarde, pero no tanto, si las autoridades de la Iglesia aprendiesen la lección y reconociesen que los mundos de la ciencia y de la religión son distintos. La ciencia camina hacia la verdad a través de la experiencia bien hecha y contrastada y se rige por leyes. La Iglesia alumbra sus caminos con la fe y se rige por dogmas. Nunca más debería de producirse una condena tan injusta como la de Galileo. La teoría geocéntrica considera que la Tierra es el centro del Universo y el Sol y los planetas giran a su alrededor. Es intuitiva (nada pone de manifiesto que la Tierra se mueva) y acorde con las Escrituras. El tratamiento matemático de Ptolomeo, explicando el movimiento de los planetas, la había consolidado. El monje polaco Nicolás Copérnico, casi un siglo antes de la vejación de Galileo, supuso que el Sol era el centro del Universo (teoría heliocéntrica) y que la Tierra y los demás planetas giran a su alrededor. Galileo se hizo copernicano mediante confirmaciones experimentales, especialmente las derivadas de la observación del firmamento con el telescopio que él mismo construyó. Los descubrimientos astronómicos recogidos en su libro Siderius nuntius (El mensajero de las estrellas, de 1610): cráteres de la Luna, la Vía Láctea como un conglomerado de estrellas, los cuatro satélites de Júpiter (Io, Europa, Ganimedes y Calisto) fueron determinantes para que Galileo abrazara la teoría heliocéntrica. Más tarde descubriría que Venus tiene fases como la Luna, lo cual refuerza la idea de que los planetas (incluida la Tierra) giran alrededor del Sol. Galileo propuso al papa Urbano VIII escribir un estudio sobre las ideas copernicanas y el Papa lo aprobó, siempre y cuando no se demostrara demasiado entusiasmado con la idea. La obra (Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo, tolemaico e copernicano) se publicó en 1632 (un año antes del juicio) en forma de diálogo entre tres personajes. Salviati, que representa las opiniones de Galileo y defiende la teoría heliocéntrica; Segredo, que hace las preguntas y se deja convencer por Salviati, y Simplicio, que defiende la teoría geocéntrica. Al papa se le hizo ver que Galileo no había seguido sus instrucciones, ya que defiende la teoría heliocéntrica y además dejaba al papa como un estúpido al representarlo en Simplicio. Urbano VIII aprobó entonces la acción del Santo Oficio, que acabó condenando a Galileo, quien se vio obligado a vivir en las afueras de Florencia y apartado de toda polémica.