UM SAAD lleva treinta años echando, todos los días, cubos de agua a la puerta de su casa y no precisamente para limpiar la entrada al jardín, que buena falta le hace, sino porque gracias a esa costumbre atávica cree que mantiene con vida a los varones de su familia. Comenzó haciéndolo de jovencita, en la década de los ochenta, cuando sus hermanos se marchaban al frente para luchar contra el enemigo iraní, continuó durante la época que movilizaron a su marido para ir a Kuwait y después cuando éste acudió a reprimir la revuelta de los kurdos en el norte. Ahora lo hace cada vez que su marido o sus hijos salen de casa para ir al trabajo o al mercado. Y no es porque con ese gesto pueda protegerlos de un coche bomba o un tiroteo sino porque cree que, a pesar de que sufran algún ataque, lograrán salvarse y regresar a ella. Parece mucho mayor de cuarenta y cinco. Aquellos que pueden verla sin la aballa negra que la cubre de arriba abajo, saben que tiene el pelo casi blanco, la cara tan arrugada como la cadena montañosa de los Zagros y los ojos tan secos como el desierto de Anbar. Y es que Um Saad ha tenido la mala suerte de nacer mujer, chií y ser pobre como las ratas. Se ha criado en uno de los barrios más miserables de la capital bagdadí: Medina al Sadr, antes Medina Sadam, y sólo recuerda haber vivido en paz y relativamente bien los cinco años anteriores a la invasión de Irán en 1979. Algunos de los miembros de su numerosa familia fueron arrestados y asesinados por la Mojabarat por su implicación con los mulah chiíes más críticos con el régimen del Baaz. Sin embargo, su padre, un hombre callado y temeroso de Alá logró evitar a la policía secreta de Sadam, porque, además de enseñar el Corán a sus hijos, les inculcó, eficazmente, la virtud del silencio y la precaución. Superviviente de los ochos años de guerra contra Irán, la invasión a Kuwait, la guerra del Golfo, los años de embargo y sanciones, la invasión aliada de Irak, ahora duda si vivirá lo suficiente para ver el fin de la insurgencia y la guerra civil en su país. A estas alturas y tras haber enterrado a tres hijos que no llegaron a la edad adulta, Um Saad, como miles de mujeres iraquíes, sólo le pide a Alá no sobrevivir a ninguno más.