DESCONFÍO de los abanderados. Como en una canción de Brassens o en un poema cantado de Brel, me dan cierto reparo los bosques de banderas, las afirmaciones patrióticas y el uso y abuso de enseñas nacionales. Los británicos, que tienen el símbolo de la Unión como el más sacrosanto de los pendones, sostienen que pocas ocasiones en la vida de las personas justifican izar la bandera o apelar a la patria en conversaciones y discursos carentes de la debida solemnidad. Todos los manifestantes convocados en Madrid por la Asociación de Víctimas del Terrorismo portaban banderas de España. La roja y gualda envolvía literalmente a los cientos de miles de ciudadanos que ocupaban la plaza de Colón y calles adyacentes. Yo no sé quién o quiénes repartían las enseñas, de dónde salían o brotaban, pero no había nadie sin su bandera. De todos los tamaños, desde los banderines que me recordaban mi infancia saludando la comitiva de Franco cuando venía a Celeiro para embarcarse en el Azor e ir en busca de bonitos gigantes, piezas únicas que retrataba el Nodo , hasta retales de tela tamaño familiar capaces de dar sombra a una pareja con niños. Banderas vi, con el pájaro anticonstitucional, el águila del imperio impreso en la franja gualda, a hombros de otros pájaros juveniles de estética fascista que, éstos sí, pescaban en el río revuelto. Y fue también en Colón donde días después volví a ver la marea agitada de enfebrecidos abanderados celebrando los goles de España en un numeroso plató al aire libre que animaba la cadena televisiva que retransmitía el partido. Eran banderas textiles y humanas, pues el maquillaje bicolor tatuaba sus caras con los colores nacionales. Muchas banderas tenían el símbolo juvenil del toro de Osborne. Se ha puesto de moda en eventos deportivos y musicales. El toro como icono nacional, producto de un márketing anónimo que es asumido sin nada que lo justifique. Los catalanes, que como es bien sabido son muy suyos, han contraatacado al negro toro, silueta estática de las carreteras españolas, con un burro, un asno autóctono como símbolo de autoafirmación. Y no hemos sido menos los gallegos, que tímida y minoritariamente incorporamos a nuestra enseña albiceleste una vaca de genuina raza rubia. Pero vuelvo al uso sospechoso de la bandera, que ampara, al símbolo de identidad de una forma de sentir España, de quienes desean hacer de la bandera común, de la divisa ondeante del Estado, un tótem textil de la ideología conservadora. La bandera de España no es de la derecha, es de todos, aunque a la izquierda, por tradición y complejos atávicos, le cueste reivindicarla. La más grande, la más alta de las banderas, está también en la madrileña plaza de Colón. El día del millón de manifestantes estaba arriada, el mástil metálico parecía desolado. Alguien me dijo que la vieja enseña estaba deteriorada y que pronto repondrían una nueva. Desconfío de los abanderados. Debe de ser algún trauma del pasado. Será eso.