LA REUNIÓN de los líderes europeos que terminó ayer en Bruselas ha sido concluyente. Si no se reconocen los problemas y fallos habidos en la construcción de la UE no será fácil superarlos. El primero de ellos reside en que los dirigentes se han acostumbrado a prescindir de la voluntad de sus pueblos para adoptar decisiones. Esto ocurrió, por ejemplo, con la última ampliación, que culminará el año próximo con la entrada de Bulgaria y Rumanía... y con el firme propósito de no plantearse ninguna otra a corto plazo. Porque ahora toca reflexionar y digerir esa Unión Europea de 27 países. Pero la reflexión necesaria no debe ocultar ninguno de los datos reales de un proceso que empieza a volverse incontrolable cuando el muro de Berlín se viene abajo (1989) y la Comunidad Europea se enfrenta a la unión de Alemania. Mitterrand intentó pararla. Pero el canciller Kohl, con el apoyo de EE.?UU., siguió adelante. Y ahí se fraguó el primer resquemor de los ciudadanos franceses respecto del futuro comunitario. Luego llegó la siguiente fase, con los países del Este -recién salidos de la órbita soviética- llamando a las puertas de la UE. ¿Cómo decirles que no podían entrar? ¿Acaso no eran también Europa? Y, sin consultar a los ciudadanos, se dio el paso más arriesgado: todos para adentro, y luego ya veremos cómo nos arreglamos. Y ya lo estamos viendo: los franceses han rechazado la Constitución Europea impulsada por sus propios dirigentes, el Reino Unido se ha manifestado partidario de que entren más -en especial, Turquía- para desbaratar la unión política y fortalecer sólo la económica, y Alemania -en respuesta a la petición de los reunidos en Bruselas- ha aceptado tomar las riendas del invento comunitario (y muchos creemos que es lo mejor que puede suceder). España, en este proceso, se ha contentado con ser una anécdota y una paradoja: defiende la unión política y se pronuncia a favor de la entrada de turcos y balcánicos. Es decir, está con ambos bandos a la vez y en ninguno de un modo significativo. Una pena. Porque España puede tener más peso en la UE y ofrecer respuestas menos condicionadas por el pasado. Pero no parece que Zapatero tenga la cabeza en esto. Lástima.