SALUDO escéptico el campeonato mundial de fútbol. Desconozco la pasión que ese deporte genera «del uno al otro confín», y no siento con ardor guerrero y patriótico los colores de nuestra selección, me alegro de sus triunfos y no me problematizan especialmente sus fracasos. Pese a todo lo antedicho voy a seguir con algún interés todo lo que acontezca en este mes de sobredosis futbolera, e incluso prometo opinar sobre Brasil o Argentina, sobre Francia o Túnez con mis colegas de café y despacho que esperan de mí análisis extravagantes y opiniones originales. Una vez más les voy a defraudar. De cada cuatro años, coincidiendo con el mundial de fútbol y un poco menos con la fiesta olímpica, en secuencias bianuales, se renueva el parque de televisores. En el reino de las hipotecas el televisor de pantalla plana, de plasma o LCD se ha convertido en el rey absoluto. Fuentes del sector dan la cifra de un treinta por ciento de incremento en las ventas de estos artefactos, lo que supone un récord no previsto en estas semanas de fiesta balompédica. La televisión ha democratizado el deporte, los deportes. Quién nos iba a decir hace algunos años que íbamos a estar pendientes los mediodías de los domingos a la hora del vermú de si la chicane o los boxes, si las llantas de lluvia o el calor ambiental iban a ser decisivos. En los pueblos de España, gracias a la magia televisiva y televisada, se conducen al unísono los automóviles desde la pole position . Todos empujamos. Al igual que en su día, antes del dopaje que mató el ciclismo, pedaleábamos con Armstrong o Indurain, e íbamos de la tête de la course al pelotón en un pis pas que evitaba nuestras siestas de julio. El deporte salvó a la televisión y la televisión canonizó al deporte. El campeonato mundial de marcha en A Coruña, los triunfos en triatlón de Iván Raña y Gómez Noya, las cabalgadas motorísticas de los chavales que no se bajan del podio del mundial de motociclismo rompieron el monopolio del fútbol, que pese a todo sigue siendo hegemónico cuando la elástica que visten los jugadores coincide con los colores de la bandera patria. Se exhuma la furia española, se recuerda el gol de Zarra, se paraliza el país si la selección consigue superar la barrera de los cuartos de final, sube la autoestima colectiva, e incluso las encuestas del CIS le adjudican dos puntos de incremento a la imagen del presidente Zapatero y no hay referendos estatutarios ni negociaciones de paz que puedan frenar la marea de unos buenos resultados en el mundial que comienza. Y en llegando a este punto, desde un liviano escepticismo y aunque vuelva a defraudar a mis contertulios del café, deseo que así sea, y se coloque la selección en los puestos de arriba. Cuanto más alto, mejor.