Muerte de Mahoma Cuando hablamos de Mahoma no sólo hacemos referencia a una de las grandes personalidades religiosas de la humanidad, sino que además de Profeta fue el fundador de una cultura única hoy sujeta a duras críticas por buena parte del mundo occidental: la árabe.
07 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.Existe cierto consenso a la hora de certificar que el profeta nació en el año 570 después de Cristo en la actual Arabia Saudí. Le fue dado el nombre de Muhammad ibn Abdallah «El Alabado», aunque en Occidente se ha transcrito por el más pronunciable Mahoma. Su infancia, tras una temprana orfandad, discurrió acompañando a su tío y tutor Abu Talib con sus caravanas por las principales rutas comerciales que enlazaban los desiertos arábigos con el resto del mundo conocido. Esta experiencia comercial y aventurera hizo que Mahoma pronto aprendiera a convivir con el espíritu tribal en una sociedad de cultos animistas en torno a objetos sagrados como la piedra de la Kaaba. Su relación con esta roca venerada se afianza cuando a su tío y a él se les encarga la custodia de dicho santuario. Aquí realmente nace la espiritualidad de un hombre que mantuvo contactos con el pensamiento cristiano del monje Bahira en el actual Irak y con el judaísmo de la ciudad de Medina. Los escasos recursos económicos animan al joven Muhammad a contraer matrimonio con una acaudalada viuda llamada Hadiya, mujer que mantenía como herencia el monopolio de las grandes rutas. Mahoma bebió de las otras dos grandes confesiones monoteístas para desembocar en una nueva concepción de Dios (Alá) totalizadora e impregnada de la cultura helenística tan presente en una región donde Bizancio tenía mucho que decir. El Alabado recibió en el monte Hira, y a través del arcángel san Gabriel, una primera revelación oral del Corán que, tras morir, sería plasmada y unificada por escrito en un nuevo libro sagrado. Enseguida abandona la ciudad de la Meca para predicar la buena nueva. Sin embargo, la primera aceptación de sus oyentes fue bastante pobre. Tan sólo unos cuantos siguieron sus doctrinas e incluso su tío y tutor jamás abrazó la nueva religión. Los escasos adeptos, 73 según la tradición, realizaron el llamado juramento de Aqaba, en el que prometían no abandonarlo. En un principio intentó atraerse a los judíos con concesiones rituales culinarias u otras como la de orar mirando hacia Jerusalén. No surtió efecto, y los enfrentamientos entre sus seguidores y los judíos se sucedieron hasta la derrota de los últimos y la rápida expansión de la religión fundada por Mahoma. En el fondo, no era más que una lucha de poderes intertribal. Mahoma entendió que el credo uniría a un pueblo con idéntica cultura y lengua: la nación árabe. No obstante, se encontró con la negativa de varias ciudades de importancia. Así, con unas huestes cada vez más numerosas, pasó a la ofensiva y, como un guerrero, intentó su entrada en la Meca para acudir a la peregrinación anual, petición que le fue denegada por unas autoridades que envidiaban su vertiginoso ascenso y sus dotes de líder. Ya tenía la excusa para atacar; sin embargo, ganándose al pueblo, declinó y aceptó las condiciones del adversario. Finalmente, la Meca le dio la bienvenida en una triunfal peregrinación o Hyya. Poco más pudo ver Mahoma, que falleció sin designar sucesor, pero habiendo expandido su palabra y sometido a las tribus bajo una fuerte autoridad. La huella de Mahoma es inmensa; asentó los cimientos de una religión de síntesis y abierta a todos. Plantó un árbol que tendría su repercusión histórica: el nacimiento de una nación con conciencia de sí misma que, en un movimiento relámpago, sería capaz de acercar su palabra y costumbres hasta las mismas puertas de Europa.