PUEDE SER otra vez el cristal roto de España. Raúl no está para un Mundial. No está ni para la Liga. No goleaba desde octubre en Riazor. Estuvo lesionado, pero es que no marca ni la hora. Perdió el motor de arranque que tenía dentro del área, a base de miles de partidos. Es el típico caso de jugador que acaba muerto por empezar demasiado pronto. Tiene las piernas y la cabeza hecha papilla. No queda nada de aquel Raúl que asombró al mundo cuando metió un gol de patio de colegio en una final de la Copa Intercontinental en Tokio. Tumbó al defensa y al portero, con una chulería de alevín. El merengue está pasado. Pero ahora nos volverán locos, por un gol de empujarla en un amistoso contra Egipto. La prensa del régimen madridista atacará con todos sus cañones de papel. Vuelve el hombre que tirará del carro. La pesadilla ya está aquí. Empezamos mal. Hasta en los amistosos. Raúl no es la solución. Es uno de los problemas. El otro día, en un patio de colegio, vi un chaval rubio que jugaba de maravilla. Jugaba tan bien que daba coraje verlo con la camiseta española de Raúl. Me acerqué y le dije: «Tal y como juegas, no uses esa camiseta. Te va a gafar. Busca otro ídolo y sigue jugando como un ángel rabioso». El chaval no entendió nada, pero le había dado el consejo de su vida. Raúl sólo está para los minutos de la basura. Pero en España somos especialistas en calzar los coches con ruedas cuadradas. Como los Picapiedra. Todo huele a Mundial. La gente lleva las camisolas por la calle. Las mujeres, también. Algo me hace creer en Italia o en Holanda, a pesar de sus asquerosos empates en los amistosos contra Ucrania y Australia. Mi corazón tira para España o Argentina. Dos amigos me dicen que Inglaterra, seguro. Equipo tiene, pero los ingleses, desde el Mundial que les regalaron en casa en el 66, sólo ganaron en las Malvinas.