La participación en las elecciones a las 14 horas sube dos puntos hasta el 36,9 %
LUÍS VENTOSO
05 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.LA NOVELA española anda mustia. Almudena Grandes, Zafón, Elvira Lindo, Muñoz Molina y Pérez Reverte están muy bien. Pero son pesos ligeros frente a la contundencia de Valle, Baroja, Gabriel Miró o Cela (un genio del idioma al que ahora, por tontunas ideológicas coyunturales, queda bien denostar). Dentro de un siglo, la prosa quirúrgica del Pascual Duarte y su truculenta historia nos continuarán removiendo, porque allí hay sudor y tripas: vida. ¿Pero alguien se cree que dentro de 25 años nos interesaremos por J. J. Millás? El parnaso está flácido porque los escritores se han distanciado de la vida. El novelista es profesor (o periodista, o funcionario). Forma parte de la mullida clase media y mantiene hábitos ordenados. Sus aventuras son acudir a manducar a congresos literarios y pagar la hipoteca. En realidad, muchos novelistas no tienen nada que decir del presente. ¿Solución? Tirar del pasado. El resultado es una polución de novelas de misterios eclesiales y leyendas artúricas, y la reiteración en la Guerra Civil, evocada con pasión vindicativa por los nietos de quienes la sufrieron. Cuando los africanos de las vallas de Melilla se afinquen aquí y escriban sus historias volveremos a tener literatura con médula en lugar de juegos florales, refritos y subvenciones.