ARRANCÓ la noche del jueves la campaña por el referendo del Estatut en Cataluña con esa alegría rutinaria y cansina con que los partidos políticos suelen comenzar una campaña: música, fiesta y eslóganes, mientras unos pocos cientos aplauden, una o dos cámaras de televisión lo emiten en directo y los servicios informativos y/o tertulianos les dedican unas palabras. Ese mismo día, a esa misma hora, en la otra punta de España, casi en diagonal, previa parada en el centro, Madrid, millones de personas se ponían de luto por Rocío Jurado, ocasión ésta para observar unanimidad de dolor de norte a sur, lágrimas de rompe y rasga en una concentración espontánea que ya quisieran los políticos para sí. A poco que se hagan bien las cuentas, va a salir que sí (hablo del Estatuto, claro, y que descanse en paz la Jurado). Es de sentido común aceptar mejoras. Lo que se juegan (ellos, los partidos) es a quién va a corresponder administrar esas mejoras en un futuro inmediato. En sesión de control parlamentario vi esta pasada semana a Mas y Maragall mantener un duelo de titánicas miradas, casi tan fabulosas como las que se ven en el cine. Hablaba el presidente de planes de futuro cuando Mas le cortó y, retándole, dijo: «Habla como si esto fuera a durar siempre. O dice ahora mismo cuándo serán las elecciones o me veré en la obligación de ponerle una moción de censura en septiembre». Silencio total. Maragall le mira, desafiante, a los ojos. Descifrar el odio, el resquemor, las venganzas, convocados en un instante, excede a cualquier forma de raciocinio. Finalizó Maragall: «Está bien. Me comprometo a convocar elecciones en otoño, lo más cerca posible del mes de diciembre». Fin. No es un resultado favorable lo que preocupa, sino la abstención. Una abstención amplia sería un descrédito (merecido, hay que decirlo) pero no conveniente, ni para la democracia ni para Maragall. El PSC busca una salida digna de su actual líder, un pasar a la historia como el presidente del nuevo Estatuto y pasar página. Nadie las tiene todas. Los ciudadanos rasos tenemos la última palabra, detalle sobre el que deberían reflexionar los políticos, de norte a sur. Lo que ha pasado en Cataluña ha de servir de lección: todos se han servido de la ciudadanía para sacar réditos. Nos han enfrentado y humillado. El despotismo ilustrado puede ejercerse, claro, pero no siempre. Este referendo servirá, guste o no, para examinar a los políticos de toda España. Atentos, pues.