La primavera de Tiananmen

MIGUEL MURADO

OPINIÓN

Los casi dos meses de protestas que tuvieron lugar en Pekín en 1989 terminaron con la intervención del Ejército chino en un episodio que pasó a la historia como la matanza de Tiananmen. Pero aquella plaza fue solo un símbolo de un movimiento mucho más amplio.

03 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

«Algún día todo lo que veréis desde aquí será un bosque de chimeneas humeantes», dijo Mao en 1949, el día en que, en la plaza de Tiananmen, proclamaba el nacimiento de la República Popular China. Pero exactamente cuarenta años después las columnas humeantes que se divisaban desde esa plaza no eran las de la industrialización, sino las del caos y la represión en un día que ha pasado a la historia como la masacre de Tiananmen. En 1989, China estaba cambiando. Deng Xiaoping había iniciado su política de «liberalización económica sin libertades políticas». Pero para muchos estudiantes e intelectuales chinos esto era pura cosmética. Eran los tiempos de la perestroika soviética y algunos esperaban que Hu Yaobang, el rival de Deng en el partido, fuese su Gorbachov. Pero en abril de aquel año Hu moría de un ataque al corazón tras haber sido defenestrado del PCCh. Su funeral pasó rápidamente del duelo a la protesta. En pocos días, los estudiantes habían alzado sus tiendas de campaña al pie del inmenso retrato de Mao, tomando la plaza de Tiananmen para exigir reformas políticas. El oficialista Diario del Pueblo llamaba a estos estudiantes «contrarrevolucionarios que no saben lo que quieren». Lo primero no era cierto, lo segundo sí, hasta cierto punto. El movimiento estudiantil era una amalgama confusa de rebeldías y lealtades. Unas veces se citaba a Abraham Lincoln, otras se entonaba La internacional, y, cuando unos activistas lanzaron tinta contra el retrato de Mao en la plaza, los propios estudiantes los entregaron a la policía. De hecho, el aspecto crucial de los sucesos de 1989 fue otro: la rebelión de los obreros industriales de Pekín, quienes aprovecharon la situación para protestar también ellos, en su caso, curiosamente, contra la liberalización económica de Deng, que había hecho subir los precios y bajar los salarios. Éstos, y no los estudiantes, eran la verdadera preocupación del régimen en aquellos días de mayo, así como el debate auténticamente histórico no eran las animadas discusiones de Tiananmen, sino el que se desarrollaba en la cúpula del partido sobre qué hacer. Finalmente, y por poco, se impuso el sector duro de Deng sobre el aperturista de Zhao Ziyang, y el 20 de mayo se decretó el toque de queda. Pero los obreros impidieron la entrada de las tropas y Tiananmen se convirtió en una zona liberada. Ahora no era sólo tinta lo que amenazaba a la imagen de Mao, y Deng soltó a los perros. La madrugada del 3 al 4 de junio dos cuerpos de ejército asaltaron la capital. La masacre de Tiananmen no existió. Nadie murió en la plaza. Los estudiantes, indecisos hasta el final, votaron resistir, pero inmediatamente se rindieron. Fue Hou Dejian, un cantante de rock, quien negoció su salida ordenada de la plaza. Mientras, la masacre ocurría en otro lugar, en las calles de Pekín, y sus víctimas eran los obreros antiliberales de la llamada Asociación Autónoma. Se cree que murieron entre 400 y 800 de ellos. Sus líderes recibieron severas sentencias de cárcel o fueron fusilados, mientras que los estudiantes ?en su mayoría procedentes de familias acomodadas? salieron relativamente bien parados. Los que pudieron escapar no han logrado construir un movimiento democrático y hoy los chinos tienen otras preocupaciones. En un olvido propiciado a partes iguales por la represión y la prosperidad, en China pocos recuerdan el día que iba a cambiar China para siempre.