PERIÓDICAMENTE nos sorprendemos con la lectura de los resultados que los diferentes servicios estadísticos nos ofrecen sobre la situación de Galicia. En la mayor parte de los casos, los titulares y las declaraciones interesadas de los representantes políticos nos abruman recordándonos nuestro bajo nivel de desarrollo. Tan sólo Extremadura y Andalucía aparecen por debajo de nosotros. Y terminamos repitiendo aquello de la canción: «Menos mal que nos queda Portugal». Sin embargo, frente a la aparente contundencia de los datos, algo se revela en nosotros al recordar lo que vemos, percibimos y constatamos en nuestro entorno habitual. Y decimos para dentro: no estamos tan mal, esto es imposible. Y a continuación repasamos las imágenes y los referentes que retenemos sobre otras realidades regionales y los comparamos con la que vivimos. Efectivamente, no puede ser. Y así ocurre, porque es y no es a la vez. Estamos ante una versión socioeconómica del dilema hamletiano. Es, porque los datos globales son esos. Y no es porque esa realidad no es común a toda Galicia. Y para demostrarlo ahí está el dato de los usuarios de Internet. En las ciudades estamos como en el resto de España, pero en el medio rural la red todavía no entró, entre otras cosas porque falta la estructura necesaria. Claro que tampoco llega la tensión eléctrica necesaria para modernizar las explotaciones ganaderas... La realidad es que hay dos Galicias; una urbana desarrollada, competitiva y próspera, y otra rural muy envejecida, despoblada y pobre. La primera vive de las rentas y los beneficios del trabajo, la segunda de las pensiones asistenciales. La primera genera ingresos equiparables a la media, la segunda queda siempre muy por debajo porque sólo genera pensiones. La primera es, pero la segunda no es. Y lo malo es que tiene muy pocas posibilidades de ser, aunque el no ser pueda llegar a equilibrar estadísticamente nuestra posición. Ya ahora mismo, si separamos las provincias de A Coruña y Pontevedra y las sumamos, nos encontraremos que nuestra posición es mucho más favorable. La causa es esa tremenda dualidad entre lo urbano y lo rural, que en otras regiones no resulta tan evidente, unas veces porque las ciudades están menos desarrolladas y otras porque el medio rural ha evolucionado mejor. Pero aquí, con las secuelas de la emigración intensiva continuada, el sistema dual hace mucho tiempo que se ha hecho inamovible. Por eso es la dualidad estructural la que nos baja estadísticamente. Pero esto no debe ocultar que hay otra Galicia, la que avanza, la que compite, la que progresa, la que destaca en muchos aspectos sobre otros sistemas urbanos regionales españoles. Y sobre algunos europeos también.