La dirección de la AVT se sale de su función

JOSÉ MARÍA CALLEJA

OPINIÓN

LA DECISIÓN de la dirección de la AVT de convocar una manifestación no sólo para arremeter contra la política antiterrorista del Gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero, sino también para exigir toda la verdad sobre el atentado del 11-M, mete de lleno a esta organización en la pugna partidista y la saca de su papel de portavoz de las víctimas aceptado por todos. He defendido siempre el derecho de las víctimas del terrorismo a hacer política, lo tienen como ciudadanos que son y, si se me apura, por el valor añadido de su carácter simbólico. Las víctimas son diversas entre sí, pero están unificadas políticamente por el afán de quien les asesina. ETA ha asesinado a las víctimas para derrotar al Estado y esto otorga a las víctimas un valor de referente político, de sujeto social no sometido a la lucha partidista. Ahora bien, cuando la actual dirección de la AVT convoca su cuarta manifestación contra el Gobierno en menos de año y medio y, después de anunciar un lema, «en mi nombre, no», contra la negociación , cambia y, sobre la marcha, añade otro: queremos saber la verdad sobre el 11-M, parece evidente que estamos ante una sonora manipulación, ante un abandono de ese papel que la situaba por encima de la melé. Máxime cuando ya sabemos la verdad de lo que ocurrió el 11-M: 191 personas fueron asesinadas en una masacre perpetrada por terroristas islamistas. Pretender saber la verdad metafísica es una forma de mandar a la hoguera a los que nos conformamos con la verdad humana, la que nos sirve para estar informados de lo que pasa en el mundo en que vivimos. Toda las mañanas hay medios de comunicación que insisten: el atentado del 11-M fue un golpe de Estado de Zapatero para llegar al poder y en ese golpe de Estado colaboraron «los moros» y «la ETA». Esta barbaridad no me la invento yo, se puede oír y leer casi todos los días. De manera que si la dirección de la AVT se pone a rebufo de los que exigen la verdad metafísica del 11-M para derribar a un Gobierno democráticamente elegido, abandona su genuino papel y se incorpora a la disputa partidista, o sectaria, y deja en un segundo plano su irrenunciable misión de defensa de las víctimas. Es error.