El primero en llevar la rebelión franquista a un contexto religioso fue el califa títere del Protectorado marroquí, Muley Hasán, que en julio de 1936 anunció que la participación de voluntarios moros entre las tropas de Franco constituía una yihad contra los ateos.
03 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.La Segunda República española quería ser la Revolución, inconsciente de que la Revolución suele ser un cataclismo normalmente obsesionado, entre otras cosas, con poner al sacerdote en su lugar, lo que casi siempre significa sacarle de su sitio, cosa que se resolvió quemando templos y matando religiosos, sin que se pueda decir que tal fuera la decidida voluntad de la Segunda República española. Lo que sí se puede decir es que no supo cómo evitarlo. Tampoco supo ?quizás ni quiso? hacer de la Revolución, República. El Vaticano tampoco estaba para poner la otra mejilla o ejercitarse en la investigación de lo que realmente era del César para ponérselo en la mano y esperar recompensa y contrapunto. El Vaticano no hace así las cosas. Puede que su ideal sea de otro mundo, pero su instinto es muy de éste, y el rigor de su naturaleza pasa por un instinto de supervivencia que se fijó en Franco por la básica y fundamental razón de que no había otro en quien fijarse. Franco tampoco vivía en el despiste ni en la confusión de equivocar las incómodas relaciones del Vaticano con el nazismo y el fascio. Así que aprendió a ser anticlerical con sus aliados nazis, y a hacer gala del desprecio que sentía por sus fascistas ante la jerarquía eclesiástica. Ésta, a cambio, le evitó la incomodidad de dar a conocer la encíclica Mit brennender Sorge, en la que el Vaticano establecía distancias con la política racista de Hitler. Después, ni el obispo Pla y Deniel ni el cardenal Gomá vieron razones para desatender la oportunidad de una manifestación pública del obispado a favor de la legitimidad de la rebelión franquista. El cardenal Vidal i Barraquer, arzobispo de Tarragona, y monseñor Múgica, obispo de Vitoria, no secundaron la moción, pero los demás lo hicieron. Dos cardenales, seis arzobispos, treinta y cinco obispos y cinco vicarios generales firmaron una carta que sacó a Franco con creces del atolladero en el que lo terminó de poner el bombardeo de Guernica. En noviembre de 1937, Franco declaró a un periodista francés: «Nuestra guerra no es una guerra civil [...] sino una Cruzada [...]. Una guerra religiosa [...]. Nosotros, cristianos o musulmanes, somos soldados de Dios y no luchamos contra otros hombres, sino contra el ateísmo y el materialismo». Poco después, en diciembre, el Consejo Nacional juraba ante el Cristo del Monasterio de las Huelgas, en Burgos. El 15 de abril de 1938 las fuerzas de Franco descendieron por el valle del Ebro y celebraron la festividad del Viernes Santo bañándose en la playa de Benicasim. El general Camilo Alonso Vega se persignó con agua del Mediterráneo. Son los tiempos en que Pemartín establece la fusión del fascismo con el catolicismo en un «fascismo español» como «religión de la religión». En el Congreso Eucarístico Internacional de Budapest, Gomá señala que el final de la guerra será la rendición total de la izquierda. El estado falangista se transformó en un «Imperio hacia Dios», y el Vaticano no tuvo inconveniente en darlo por bueno.