Un gigante intelectual

OPINIÓN

John Kenneth Galbraith, fallecido el sábado a los 97 años en un hospital de Massachussets, no sólo era uno de los más influyentes economistas del mundo, sino un gigante intelectual comprometido con su tiempo. Los intereses de este estadounidense nacido en Canadá, considerado un liberal en el sentido americano, es decir, de izquierdas, iban mucho más allá de su especialidad académica. Así, participó activamente en la vida pública y política de su país de acogida y dio su opinión, siempre polémica, en todos los debates importantes habidos desde los años 30 hasta Bush, del que fue un acerado crítico. En el 2000 firmó un manifiesto con otros relevantes intelectuales advirtiendo de que si Bush ganaba las elecciones se resentiría el bienestar de sus compatriotas. Años más tarde rubricó otro contra la intervención en Irak Galbraith fue un gran divulgador que sacó a la economía del redil de los iniciados, primero al frente de la revista Fortune y luego con sus 33 libros, muchos de los cuales se convirtieron en superventas. Sin duda, fue uno de los economistas más leídos de la historia. En sus obras advirtió repetida y proféticamente contra los mercados no regulados, la codicia de las grandes corporaciones y la carrera armamentística. Pero en toda la obra de este economista, que nunca recibió el Nobel pese a su enorme influencia, hay una idea básica: la economía en abstracto, separada de la práctica del poder, no tiene sentido. Por ello este keynesiano convencido criticó tanto a los economistas que permanecen en su torre de marfil ajenos a la realidad como a los neoliberales que lo dejan todo en manos del laissez faire. Él era firme partidario de la intervención del Estado en la economía para repartir las riquezas en la sociedad y reparar los desequilibrios lacerantes. Fue asesor de los presidentes demócratas Roosevelt -«en muchos sentidos el mayor de los personajes que he conocido a lo largo de mi vida»-; Kennedy -del que fue embajador en la India-, Lyndon Johnson -a quien se enfrentó por la guerra de Vietnam, pero ayudó a activar su programa de la Gran Sociedad- y Carter. Pero también un implacable crítico de las insensateces de los políticos. Dos de sus más célebres frases dan cuenta tanto de su lúcido escepticismo como de su sentido del humor: «Nada es tan admirable en política como una corta memoria». La ironía también la empleaba para referirse a su campo: «La economía es extremadamente útil para dar empleo a los economistas». Nacido en Iona Station (Ontario, Cánada, 1908), en 1938 dejó la Universidad de Harvard, donde enseñó hasta 1975, para trabajar como economista en el programa New Deal de Roosevelt. En 1949 volvió a Harvard, desde donde defendió las teorías de Keynes y comenzó a escribir libros. Una de sus obras más importantes fue La sociedad opulenta (1958), una requisitoria contra la sociedad de consumo y uno de los pocos libros que obligaron a una nación a reexaminar sus valores. Su tesis es que EE.UU. se había convertido en un país rico en bienes de consumo, pero pobre en servicios sociales.