MI ALCALDESA, Corina Porro, ha hecho lo que los toreros de riesgo: salir a los medios para clavar banderillas de fuego a sus adversarios. El rifirrafe parlamentario en el doble escenario, el del Hórreo y el parlamento de papel, en torno a la creación del Área Metropolitana de Vigo, lo ha despachado como una maniobra del norte de la comunidad para impedir el despegue de la ciudad de la Oliva. Han evolucionado los tiempos. Mi permanente y antiguo contacto con la historia de Vigo está jalonado de docenas de referencias a próceres que se fueron de este mundo con una bandera que envolvía su féretro: en unos casos de la ciudad, en otros el paño de la Cruz Roja, o cualesquiera otra. Ahora las banderas son para uso de vivos. En la medida en que la bandera nacional ha ido perdiendo adeptos, ese selecto club aparentemente cada vez más menguado que tiene a Bono y Paco Vázquez por iconos, crece el uso patrimonial de las banderas autonómicas y aquí, entre nosotros, de manera muy especial, las banderas locales. Siempre he creído que el localismo se parecía bastante a lo que antes se conocía como señoritas de mala reputación, que suelen tener buen presente pero escaso futuro. Probablemente a la alcaldesa de Vigo le sucede lo que a mí, que no dispone del Centro Nacional de Inteligencia para verificar su tesis. Hoy por hoy el control lo lleva el ministro Alonso y ya tampoco puede contrastar la mía. Dicho lo cual, yo no tengo evidencia alguna de esa conspiración y ella, si la tuviera, debería documentarla y poner las cosas claritas más allá de las declaraciones píldora, de las frases impacto que buscan un titular. Sucede que la impresión que da la alcaldesa de confundir y hacer unos los intereses de su ciudad y los suyos partidarios no es novedosa, la han producido antes cientos de políticos. Un motivo más para que los cargos públicos nos hagan incrédulos con casi todo lo que puedan decir, y en ocasiones incluso con lo que pueden hacer, que suele ser menos.