DURANTE 14 años, los gobiernos de Fraga firmaron solventes ejercicios de propaganda, que algún día se estudiarán en las facultades de Políticas por su innegable eficiencia electoral. Tantos eran los éxitos divulgados, que parecía que Galicia estaba desperezándose como la Irlanda del sur, un tigre económico. Según nos contaban, el Xacobeo disparaba el turismo a cotas ibicencas; los parques eólicos y los ciclos combinados se festejaban por anticipado, como si nos fuesen a convertir en los Emiratos Árabes del Atlántico; las decimonónicas cámaras de comercio entretenían su ocio en excursiones para lanzarnos todavía más (si cabía) y se creaban clústeres hasta de las lapas. Nuestra acuicultura era la envidia del orbe y nuestros eucaliptos convertían a Noruega en una caja de palillos. Aunque desoían la lógica y se negaban a unirse, nuestras cajas de ahorros iban a comerse los mercados de fuera del terruño y las multinacionales se peleaban a codazos por encontrar una parcela en el parque industrial de Lalín. Es cierto que Galicia había mejorado. Nuestros abuelos dormían al calor de la corte y algunos de sus nietos pudimos ir a la universidad. El adoquín dejó paso a las vías rápidas. No quedó pueblo sin piscina municipal, pista de futbito y paseo marítimo-fluvial. Pudimos derribar las viejas casas de piedra para culminar la epopeya feísta. Llegaron, es verdad, las primeras multinacionales gallegas de la historia (y también los museos de arte moderno desiertos y los cimientos de una Ciudad de la Cultura que no podemos pagar). ¿Pero tenía aire el globo gallego? Algunos perversos advertían de que nunca habrá turismo masivo sin calor; decían que en realidad un mítico ciclo combinado mancha el país y no da más de 50 empleos reales a largo plazo; susurraban que estábamos destrozando la costa para regalar plantas de acuicultura a firmas foráneas que emplean a 15 lugareños (como dos parrilladas) y contaban que el auténtico sector productivo que creaba aquí empleo bien pagado (la industria pesada, el naval) había sido laminado en dos reconversiones. Por último, algunos traidores se atrevían a comentar que un país con 2,7 millones de habitantes jamás puede ser un nuevo Hollywood ni crear un cine gallego que sea nicho de empleo. Ayer el INE dictó sentencia: en los últimos cinco años, la autonomía que más ha crecido es Murcia. Tras ella: Andalucía, Canarias, Castilla-La Mancha y Extremadura. Es decir: la España pobre. ¿Y cómo le fue al Xanadú gallego? Sorpresa: terceros por la cola. Galicia, cebada a fondos europeos, sigue siendo un cangrejo. Una única pregunta debe guiar a la Xunta: ¿Qué hacemos para que arranque la industria de este país ensimismado?