AUNQUE la política española está llena de asuntos trascendentes, no quiero perder la oportunidad que me brindan las elecciones de Italia para hablar de Europa y de su maltrecha política. Porque la misma confusión entre los problemas nacionales y europeos que llevó a los franceses y holandeses a embarrancar el refrendo de la Constitución para Europa, parece alentar ahora en la desenfocada confrontación entre l'Unione de Berlusconi y la Casa delle Libertà de Prodi. Italia es un país muy importante para la UE, tanto por su economía poderosa, sumida ahora en una profunda crisis, como por lo que representa para Europa en términos culturales, simbólicos y democráticos. Por eso resulta preocupante que lo que constituye una severa catástrofe de las políticas internas, con bajos niveles de gobernabilidad y con un protagonismo exacerbado de los partidos más radicales y localistas, sea presentado en la campaña electoral como una crisis derivada del euro y de las políticas europeas. Lo que menos se necesita en la UE es el euroescepticismo, y nadie puede negar que la Italia de hoy se ha convertido en un escollo importante para la regeneración del proyecto europeo. Carentes de un buen diagnóstico, y presos del discurso demagógico de Berlusconi, los partidos de la Casa de las Libertades están cayendo en los mismos errores que dicen querer subsanar. Y, en vez de prometer la restauración del orden político de la República -contra los localismos, la xenofobia y el machismo subyacentes en la Unión-, o de impulsar políticas económicas de contención del gasto y de saneamiento de la estructura empresarial y laboral, los aliados de Prodi están compitiendo con Berlusconi en el circo de las promesas y de la expansión del gasto público, como si fuese posible desoír los acuerdos de la UE, y como si al final del trayecto no se adivinase un desbarajuste económico susceptible de derivar en una grave crisis de la política. En un país que ya le arrebató a Inglaterra la privilegiada situación de séptima potencia mundial, que certifica la pertenencia al G-7, la atolondrada y dispersa política impuesta por Berlusconi ha conseguido resultados tan llamativos como el crecimiento cero registrado en el 2005, el aumento del paro, la caída del consumo, una crisis de confianza empresarial sin precedentes y un déficit público que sigue por encima del 4% del PIB. Por eso da la sensación de que estamos ante una cita electoral desaprovechada, que, lejos de poner orden en el fiasco de Berlusconi, puede exportarlo sin pudor hacia la UE. Nuestro futuro está más pendiente de las elecciones de Italia que del cese previsto de José Bono. Y entre mañana y el lunes sabremos los resultados.