Estatuas andantes

| PEDRO GONZÁLEZ-TREVIJANO |

OPINIÓN

06 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

EL PASADO mes se despedía con dos importantes noticias: la aprobación del Estatuto de Autonomía de Cataluña en el Congreso de los Diputados y la declaración de una tregua indefinida por la banda terrorista ETA. Pero además de tan significativos acontecimientos, marzo conocía una polémica añadida: la decisión de trasladar la estatua de don Marcelino Menéndez Pelayo, que desde el año 1912 preside el vestíbulo de la Biblioteca Nacional. Se abría así un debate que ha llegado hasta el Congreso, donde se llegaban a pedir explicaciones a la misma ministra de Cultura. Por lo que se ve, y con independencia de las razones de la reubicación de quien fue director de la biblioteca (1898-1912), España sigue siendo un país de estatuas andantes. Unas veces, por sus transitorios cambios de ubicación; en otras ocasiones, por su drástica erradicación; y hasta por la sustitución por algunas más políticamente correctas. Pero, sea como fuera, es difícil hallar una trashumancia tan acusada de la escultura urbana en las ciudades europeas del entorno. Incluso las que de momento permanecen firmemente enraizadas en las calles españolas no las tienen todas consigo. Todo puede mudar cualquier día, o para ser más exactos, cualquier noche. Así que, si yo fuera la efigie de Indalecio Prieto o de Largo Caballero, solazándome delante de los Nuevos Ministerios¿ Y es que el turno ha llegado ahora a la estatua sedente de don Marcelino realizada por Coullot Varela, cercana a la de Cervantes y Alfonso X el Sabio; hombre de formación enciclopédica, autor de la Historia de los heterodoxos españoles y de la Historia de las ideas estéticas en España, padre de la filología española y miembro de la Real Academia Española (1881), de la de Ciencias Morales y Políticas (1889), de la de Bellas Artes de San Fernando (1892) y de la de Historia (1883). En todo caso, lo que no corre peligro de deslocalización es el retrato del santanderino, realizado, en mayo de 1912, por José Moreno Caballero, hoy en el despacho del director de la Real Academia de la Historia, donde se han anunciado, además, unas jornadas sobre el insigne polígrafo. El traslado -por lo que se nos dice- consistiría sólo en situarla en una esquina, en el jardín de la entrada de la biblioteca, al lado de un busto del pintor valenciano Antonio Muñoz Degrain. El objetivo del cambio sería meramente expositivo: «La remodelación de la entrada para que la gente, los usuarios de la biblioteca, sean recibidos por los bibliotecarios desde el inicio, con puestos de información que faciliten la labor a los investigadores». Pero tales argumentos no convencen a todos. En un país de sobresaltos, y viajes de ida y vuelta, de facciones y banderías, se apuntan -por algunos- otras razones: el carácter conservador de Menéndez Pelayo, su misoginia y la defensa de la Inquisición y la Contrarreforma. ¡Por más que se olvida su también afecto a las figuras del revolucionario abate Marchena, Verdaguer o Pérez Galdós! Y algo más. Tal idea fue también sopesada ya por don Fernando de los Ríos, entonces ministro de Instrucción Pública, en 1931, para ser finalmente desechada ante las sugerencia del entonces director de la Biblioteca Nacional, Miguel Artigas. La razón, la misma que ahora debería dejar las cosas, digo, la estatua, en su sitio: las dificultades para explicarla. Por ello quizás nunca tan certeras las palabras de Marcel Proust: «A cada uno de nosotros le resulta difícil calcular exactamente la escala con que los demás aprecian nuestras palabras o nuestros movimientos».