A banderazo limpio

OPINIÓN

QUE FRANCISCO Rodríguez fue condenado hace casi veinte años por quemar una bandera española, ingresó por ello durante un breve período en prisión y fue, tras una resolución del Tribunal Constitucional, absuelto después por el mismo tribunal que lo había condenado, es algo que sabemos decenas de miles de gallegos. Los mismos que lo hemos visto evolucionar con posterioridad hacia posiciones que harían inconcebible que hiciese hoy lo que hizo entonces. Por eso, incluso a los que, como quien esto firma, hemos discrepado de él públicamente en numerosas ocasiones, nos parece fuera de lugar que ahora se traiga a colación aquel desafortunadísimo episodio con la intención de desautorizar sus posiciones o sus críticas. Hace veinte años todos éramos distintos y todos dijimos o hicimos, en mayor o menor grado, cosas en las que, probablemente, no nos sentiríamos hoy reconocidos. Es cierto que unos más y que otros menos, pero todos. El recuerdo de la acción del dirigente nacionalista sería explicable, pese a ello, en quien no mantiene con él complicidad de ningún tipo. No lo es, sin embargo, cuando sale de la boca del presidente de un Gobierno que no lo sería sin los votos del partido en el que Francisco Rodríguez desempeña responsabilidades nada irrelevantes. Porque una de dos: o el presidente de la Xunta considera que haber quemado una bandera de España hace veinte años es un dato políticamente relevante, caso en el cual no debería mantener ni un minuto más su pacto de Gobierno con el partido de quien dio candela a la roja y gualda; o entiende, por el contrario, que aquel episodio forma parte de la historia y no supone ningún impedimento para seguir con su Gobierno, supuesto éste en que el decoro y la mutua lealtad entre dos socios exigen no agitar ahora un espantajo que no responde al actual modo de pensar del BNG. O estamos a setas o estamos a Rolex. En realidad, la gresca entre Pérez Touriño y Rodríguez, quien ha replicado al presidente con la salida de que a aquél «quédalle grande a bandeira galega», forma parte de un espectáculo habitual, al que los electores asistimos medio hartos y medio divertidos. Medio divertidos, porque el nivel de pobreza e irrelevancia en el que se ha instalado el discurso de nuestra clase política sólo cede con estos fogonazos de mala uva y de mal gusto. Pero medio hartos, sobre todo, de que tantos políticos se comporten como autistas, anden a lo suyo, manejen un lenguaje críptico dirigido casi exclusivamente a sus colegas y estén crecientemente convencidos de que sus electores no merecen el respeto que se les debe a quienes los han puesto en donde están.