Había encabezado la marcha sobre Washington. Soñaba con el día en que «el hijo del esclavo y el del esclavista se abrazarían como hermanos». Fue abatido en la terraza de un motel de Memphis. Sesenta ciudades lamentaron a sangre y fuego su muerte.
03 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.Habían pasado más de cien años desde la guerra civil, y América aún se preguntaba por qué se había roto y enfrentado consigo misma, como si esa fuera una pregunta que jamás se hubiera hecho nadie, de fácil planteamiento y solución a mano. ¿Había sido el enfrentamiento del capitalismo rural y agrario, aristocrático, con el capital urbano e industrial de la democracia? ¿Una lucha en contra de la esclavitud y a favor del progreso? ¿Hasta qué punto se había logrado la derrota de la tiranía y el triunfo de la libertad? Hacía más de un siglo de aquello, y la victoria en dos guerras mundiales había acabado con el aislacionismo y convertido a la nación americana en lo que nunca quiso ser: una gran potencia al viejo estilo europeo. Y ahora, en mitad del siglo XX y en plena década de los sesenta, América trepidaba por los cuatro costados, sangraba por sus junturas, se sentía acosada por el castrismo, vencida en Vietnam e incapaz de defender siquiera a sus propios presidentes. Nada buscaba América entonces con mayor denuedo que el encuentro consigo misma, ya fuera por el camino ofrecido por el presidente Kennedy ?«No te preguntes lo que tu país puede hacer por ti, sino lo que tú puedes hacer por tu país»?, ya por el sueño de Martin Luther King: «La nación abrazará un día el meollo esencial de su creencia en que todos los hombres nacen iguales». Martin Luther King sabía de lo que hablaba, porque no era igual ni le dejaban hacer o comportarse igual que sus semejantes. Era negro. Puede que ahora sea difícil hacerse una idea de lo que eso significaba. Pero ser negro entonces, en los Estados Unidos de América ?y cuanto más al sur de esa nación, peor? quería decir que no podías comer, beber, estudiar, bailar, orinar, dormir y mucho menos soñar donde lo hiciera un blanco. A mitad de aquella década americana, los negros morían por intentar lograr hacer esas cosas igual que los blancos. Podían ser apaleados por intentarlo, linchados, emplumados, embreados y quemados. O les podían pegar, sencilla y directamente, un tiro. Es lo que hicieron con Martin Luther King. Le pegaron un tiro, como se lo habían pegado a John F. Kennedy unos años antes, y como se lo pegarían a Robert Kennedy, unos días después. Aquellos disparos en la ronda de un sueño despertaron de golpe a la nación americana, que, de repente, descubrió que la raíz más americana de ese mosaico vivo y de esa conciencia en carne viva que es América podía ser más negra que italiana, polaca, irlandesa o judía, por ejemplo y sin ir más lejos. La conciencia americana, que podía haber surgido como tal del asfixiado trasfondo indígena o de la inquieta taracea dibujada por el colono europeo, emergió entonces de entre la lucha del negro que, en realidad, luchaba por el derecho a ser tan negro como el blanco, blanco. Y así, en aquel momento, la conciencia americana se encontró con la conciencia del combate por lo que se es y no por lo que se imagina. En realidad, el disparo que acabó con Luther King trazó, también, la línea que va de los Black Panther a Condoleezza Rice.