Leer, escribir y razonar

OPINIÓN

CADA DÍA se observan más claramente las lagunas fundamentales que tienen muchas personas en su formación básica. Es decepcionante ver a alumnos, incluso de niveles superiores, que no entienden correctamente lo que leen, que no son capaces de expresar con coherencia y corrección lo que piensan o lo que saben, que no pueden sintetizar o relacionar la información que reciben o que no poseen una elemental capacidad de razonamiento y de crítica. Todos los informes y evaluaciones del sistema educativo coinciden en que es imprescindible potenciar la lectura, la escritura y el cálculo, más allá de su aspecto instrumental o de destrezas básicas. Se trata, esencialmente, de conseguir una buena comprensión lectora, una correcta expresión oral y escrita y una sólida capacidad de razonamiento matemático y científico. Si los estudiantes alcanzan el dominio de estas competencias, poseerán unos cimientos seguros en su edificio formativo; si no es así, todo lo que se construya sobre una base deficiente será endeble y causará fracasos en cualquier momento de su vida académica, profesional o simplemente ordinaria. El alumno adquirirá conocimientos memorísticos, que se olvidarán con facilidad, pero será incapaz de «aprender a aprender», en palabras de Delors. Este objetivo, siempre fundamental, lo es hoy especialmente en nuestra sociedad de la información y de la comunicación. ¿Qué es lo que está impidiendo que se consiga el dominio de esas capacidades fundamentales? Hay muchas causas. Por ejemplo, la excesiva parcelación de los conocimientos, la obsesión por el cumplimiento exacto de los horarios de las diferentes materias o la exigencia de abarcar en su totalidad los libros de texto y los cuadernos de ejercicios del alumno. Hay que dedicar más tiempo a la lectura, individual y en grupo, así como a la expresión escrita, tanto a nivel creativo como acudiendo al tan eficaz como olvidado dictado. Hace unos años implantamos aquí en Galicia, en el primer ciclo de la ESO, una hora semanal destinada exclusivamente a la lectura en el aula pero, además de ser insuficiente, necesita de refuerzo en casa. Nuevamente estamos ante la importancia de la coordinación entre familia y escuela. El hábito de la lectura, base para una buena expresión escrita e incluso oral, no puede delegarse en el maestro; es necesario fomentarlo en el hogar aunque para ello, claro, haya que luchar contra la televisión o contra los videojuegos. El ganador de esta batalla es sobradamente conocido de todos. Tampoco nos favorece, en nuestro objetivo por mejorar la calidad de la comunicación, el generalizado uso de los teléfonos móviles. Se habla pero no se escribe, y lo que se escribe, como mensajes de texto, es desastroso tanto a nivel ortográfico como morfológico y sintáctico. Alguien podrá decir que es lo que se impone actualmente, que hay que ir con los tiempos. Sí, pero esto entra en contradicción con el mundo académico e incluso con el laboral, que siguen demandando una correcta expresión escrita y, en menor grado, oral. Exámenes, trabajos, cartas, entrevistas, etcétera, continúan valorándose, en general, con criterios de precisión lingüística. La redacción se domina practicándola y, sobre todo, leyendo con asiduidad. Y el estudiante que lee habitualmente, no sólo aprende a escribir sino que además suele aficionarse a hacerlo con frecuencia, sea cual sea el tipo de escritos.