EN LA FIESTA del chivo , de Mario Vargas Llosa (y en la homónima película reciente), se narra la crueldad de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, con desmanes de todo tipo, especialmente sexuales; sobresale en la novela la descripción de Balaguer, uno de los casos de longevidad política más espectaculares de todos los tiempos. Joaquín Balaguer, único hijo varón de un comerciante de ascendencia catalana, fue presidente de la República Dominicana en siete ocasiones. En 1994, con 87 años, ganó sus últimas elecciones a su eterno rival político, Juan Bosch, y hasta llegó a presentarse a la reelección seis años después, ciego y prácticamente paralítico, muriendo dos años más tarde. Se licenció en Derecho por la Universidad Autónoma de Santo Domingo y se doctoró en La Sorbona de París, tras lo cual colaboró en el periódico La Información de Santiago de los Caballeros, participando en el movimiento que, tras la dimisión, en 1930, de Horacio Vázquez, llevó a la Jefatura del Estado a Rafael Estrella Ureña para convocar las elecciones que ganó Trujillo, comandante del Ejército Nacional. Balaguer ocupó, desde entonces, diversos puestos públicos y ministerios. Él mismo redactaba los mejores discursos de Trujillo, Generalísimo y Benefactor de la Patria, que, para perpetuarse en el poder, se valió de presidentes nominales, como su hermano Héctor, quien nombró a Balaguer vicepresidente, hasta que, en la crisis de 1960, éste asciende a la Presidencia. En 1961 Trujillo es asesinado en la capital, Ciudad Trujillo (que recuperaría el nombre de Santo Domingo, venerable primera capital de la América española). Leyó el elogio fúnebre Balaguer, confirmado por el hijo del dictador Ramfis, que regresó de París para asumir la jefatura del Ejército. Balaguer se desmarca del trujillismo, asumiendo la exigencia del presidente J. F. Kennedy de un Consejo de Estado para organizar elecciones libres, pero, tras revueltas varias, marcha a Nueva York desde donde, tras la victoria de Bosch, fundó el Partido Reformista, con el que es elegido presidente en 1966, inaugurando uno de los lideratos estatales más largos, al resultar electo, tras la enmienda de la Constitución que él había promulgado para permitir la renovación indefinida, de 1970 a 1978 y de 1986 a 1996. Era un humanista, erudito, muy culto, trabajador infatigable, autor prolífico en prosa y en verso, afable, sosegado, inescrutable («ni un instante, por ninguna razón, perder la calma» era su lema), pulcro, sobrio, austero, ascético y frugal, sin interés por el enriquecimiento económico o el lujo, y hasta beato, manteniéndose soltero toda la vida, sin pareja femenina conocida, insólito en la región. Fue muy hábil, con enorme capacidad de adaptación política -pactó con su eterno opositor Bosch para impedir el paso a Peña en las elecciones de 1996- y populista, con gran ascendiente sobre la población, que, en las elecciones del 2000, con 93 años ya, lo recibía, sobre todo en las zonas rurales, como un hombre providencial, con poderes prácticamente sobrenaturales. Balaguer es uno de los casos de ejercicio del poder político más prolongado en la historia. En él se cumplió el consejo que le dio Polio al emperador Claudio, recogido por Robert Graves («Para una larga vida de trabajo y honores, exagera tu cojera y tartamudez en todas las ocasiones púbicas») y asumió que, como dijo Sancho Panza, antes de hacerse cargo de la ínsula Barataria, «es bueno mandar, aunque sea a un hato de ganado». Vargas Llosa confesó que, en las entrevistas que tuvo con Balaguer, «no creo que me dijera todo lo que sabía, pero me gustó conocerlo porque, psicológicamente, es muy interesante».