LOS GALLEGOS desde dentro somos más proclives a la crítica de lo propio que a su ensalzamiento. Ciertamente, no faltan razones, pero ello también obedece a un cierto pesimismo antropológico con base en un supuesto agravio comparativo permanente, que, unido a la simiente del individualismo envidioso, nos impide ver nuestros logros colectivos. Mejor lo perciben casi siempre los de fuera, sean gallegos o no. Y así como una cierta insatisfacción con lo alcanzado es un acicate crítico para mejorar, un exceso crítico puede llevar a actitudes paralizantes, inhibidoras, a una pasividad latente. Y el optimismo, no lo olvidemos, constituye en sí mismo una fuerza motivadora, estimuladora, generadora de autoestima y de emulación. Por eso es bueno de vez en cuando insistir en lo positivo que tenemos. Y entre esas cosas positivas que hemos logrado están dos marcas que proyectan a Galicia más allá de sus límites. La primera es una marca mundial, Zara, la única española que ha ingresado en ese catálogo selectivo. La otra marca internacional es el Camino de Santiago. La vieja ruta de los peregrinos no es nada inventado, pero sí era lo que suele denominarse un recurso ocioso que una serie de iniciativas lograron poner en valor haciendo del Xacobeo una de las más brillantes estrategias de márketing regional de Europa, y que ha otorgado a Galicia una dimensión europea necesaria para mutar la imagen de una región rural y periférica en un centro del europeísmo, como lo había sido en el pasado. Muchas disquisiciones, buenas unas y menos buenas otras, se podrían hacer en torno a las actividades que con más oportunismo que necesidad se acogieron al paraguas xacobeo, pero el balance ha sido positivo, muy positivo desde el punto de vista de la promoción. Yo mismo acabo de enviar a publicar una investigación sobre el efecto que el Camino tuvo en el desarrollo de los lugares por donde pasa y sobre la propia ciudad de Santiago. Los resultados obtenidos son menos positivos de lo esperado, pero no porque careciera del potencial necesario, sino porque no fue adecuadamente utilizado para esos fines. De todas maneras, el Camino es más una estrategia regional que local, y ahí están las cifras para demostrarlo otra vez más. Los datos del crecimiento económico regional nos dicen que después de un notable ascenso en el 2004, el último año santo, se experimentó una caída en el 2005 que previsiblemente se prolongue en el 2006. También las encuestas sobre productos turísticos innovadores sitúan al Camino de Santiago a la cabeza, muy por encima de otros nombres que entre nosotros suscitan admiración e incluso innecesaria imitación, como el Guggenheim. Pero el Camino de Santiago es mucho más que un producto turístico, que es como la nueva Xunta, o mejor la llamada Xuntiña, lo colocó, y si lo reducimos a eso estaremos contribuyendo a su declive. El Camino es muchas cosas, pero sobre todo es un fenómeno espiritual que lleva dentro de sí un cierto misticismo; es ese carácter mágico, esotérico y misterioso lo que acrecienta su atractivo. Sería por eso una lástima que por confundir el sello político con el valor de la marca se relegase la vía europea de los peregrinos, una marca conocida en todo el mundo, a un hecho anecdótico o circunstancial, confundido con una oferta turística de mercado, de las cuales, por cierto, estamos tan escasos y en donde tampoco se acaban de proponer alternativas innovadoras.