Si a la muerte de Chernenko, el ascenso al poder de Gorbachov era previsible, las consecuencias de ese relevo resultaban, por aquel entonces, inimaginables. El nuevo mandatario soviético puso todo su empeño en modernizar las estructuras políticas y productivas del país, pero entre medias perdió el timón de un proceso que desembocó en la desaparición de la URSS.
10 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.n Cuando Mijaíl Gorbachov fue elegido secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), hace hoy 21 años, nadie imaginaba ?ni remotamente? que iba a ser el último presidente de la URSS, al disolverse ésta en 1991. Ni que con aquel nombramiento se daban los primeros pasos para el final de la geopolítica de bloques que surgió tras la Segunda Guerra Mundial y que nos llevaría a los tensos días de la guerra fría. De hecho, casi nada de lo ocurrido bajo su mandato (1985-1991) había sido previsto por los analistas políticos y kremlinólogos más prestigiosos. ¡De tal magnitud fue el cambio! ¡Y tan inesperado! Y es que Mijaíl Gorbachov no parecía ser el hombre capaz de impulsar tal mudanza. Protegido por los anteriores presidentes Breznev, Andropov y Chernenko, de cuya amistad gozó, el nuevo máximo dirigente soviético sólo destacaba por su juventud, 54 años, en medio de una gerontocracia inmovilista y refractaria a todo cambio. Por eso, cuando, a los tres meses de tomar el poder, anunció «cambios profundos» en la economía y en el sistema soviético, nadie le prestó atención. Ni siquiera lo hicieron cuando anunció que iba a combatir los obstáculos al desarrollo: el conservadurismo, la indolencia, la desorganización, el despilfarro y el burocratismo. Todos creyeron que eran hermosas palabras de un discurso lampedusiano: el anuncio de que todo iba a cambiar para que todo continuase igual. Pero pronto se empezó a ver que aquel líder salido de las entrañas del comunismo más rancio hablaba en serio. El relevo generacional, la liberación de disidentes, el empuje de la perestroika (reestructuración) y la glasnost (transparencia), la supresión de la mayor parte de los 115 ministerios que burocratizaban el país y su entrevista de octubre de 1985 con Ronald Reagan en Ginebra, convencieron a todos de que no se estaba ante una mera operación cosmética. ¿Qué se proponía Gorbachov? Lo decía él por activa y por pasiva: liberar las fuerzas productivas de la URSS para favorecer el desarrollo y competir con Occidente. No se le pasó por la cabeza, por entonces, que al liberar esas energías en una URSS multiétnica y con numerosos conflictos soterrados iba a poner en marcha la propia desaparición de la Unión Soviética. Esta iba a ser la consecuencia, pero nunca su propósito. Sin embargo, el viraje fue tan radical que, a los cinco años, ya estaba fuera de su control. Un iracundo y tornadizo Boris Yeltsin tomaría el relevo, pero ya sólo al frente de la Federación Rusa, uno de quince países independientes en que se desharía la URSS. Hoy, Gorbachov es visto como el hombre que puso en marcha un cambio imposible de demorar por más tiempo, y lo hizo con un lema inequívoco: «No podemos retroceder ni tenemos adónde retroceder». Por eso tuvo tan pocas dudas en su avance revolucionario. Y por eso ?porque era toda una revolución? su avance fue más lejos de lo que él se proponía. Pero no más lejos de lo que el mundo deseaba. Por ello la historia lo reconoce como el dirigente que acabó con la guerra fría y abrió las puertas a la distensión actual. Nada menos.