El mar, el mar

OPINIÓN

04 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

EL TÍTULO de la gran novela de Iris Murdoch es bien expresivo de la intensa atracción que el mar ha ejercido siempre sobre escritores y poetas, artistas y músicos, de Homero a Hemingway, de Botticelli a Turner, de Mendelssohn a Debussy. No creo que haya nadie totalmente indiferente a esta fascinación. El mar y la tierra son en Galicia haz y envés, admiración y desafecto, belleza y economía. Por eso nos preocupa tanto la línea fluctuante del litoral atlántico y cantábrico, que se quiebra caprichosamente en las rías. Entre lo mucho que se ha hecho en esa extensión geográfica hay de todo. En A Lanzada se ensayó una buena solución para restañar la herida abierta por el auge del turismo playero y el automóvil privado: eliminación de la carretera, regeneración del sistema dunar y servicios mínimos; si acaso, hay demasiado asfalto en los dos grandes aparcamientos. Ahora es posible disfrutar de los inimitables atardeceres, cuando la orilla se tornasola en el momento en que, entre un nimbo de nubes ahumadas, el sol riela sobre la arena y ya no sobre el agua. Ahora también se puede oír el silencio de las olas en bajamar replegándose unas sobre otras hasta que la última, ya durmiente, se deshace en espuma babosa cuya absorción deja una orla de brillantes huellas móviles. La estética fragmentaria y sensorial de la naturaleza nos resulta más próxima que la del universo, inmensa, oscura, o la de la partícula, ese mundo microbiológico que tanto inspiró las formas organicistas de Gaudí. Estos días he cotejado viejas fotos de Sanxenxo. En un lapso de treinta años la villa se transformó por completo, como Laxe, Malpica, Muxía y tantas otras, y de aquella imagen queda sólo la playa de Silgar. En el frágil encuentro del entorno rocoso con el agua, irrumpe bruscamente el nuevo dique del puerto deportivo; será difícil que la naturaleza lo haga suyo. El Sanxenxo de hoy gusta a altezas e ilustres de toda condición, pero ¿se pensó en algún momento que la mutación supondría la eliminación de la memoria construida que podría vincular aquel pasado con nuestro presente? Más allá, en las rías, el Atlántico se balancea y la marea rivaliza en la confluencia de los ríos. Desde la ribera se alcanza a ver la margen de enfrente y las aguas se adelgazan hasta formar un rizo fino, un cristal líquido a través del que transparece el fondo. Cabío es un híbrido entre la voluntad de respeto por el entorno y la tentación de pavimentar la orilla. En el Cantábrico, la presión urbanística no es aún tan intensa, pero las poblaciones se han transmutado de un modo radical: Foz, Burela, Cervo... El poder del mar se impone aquí a la majestad del océano, y sorprende tener el poniente a la izquierda cuando se recorre el grato paseo de A Marosa, donde se despliega un catálogo de materiales de construcción que bien se hubieran podido ahorrar. No es cuestión de mantener a rajatabla la imagen tradicional. Se pueden hacer rellenos y edificar puertos deportivos, alojamientos turísticos, lonjas... pero teniendo en cuenta que están en juego mil kilómetros de la mejor expresión de nuestra identidad y buena parte del futuro económico. Crecer no tiene por qué conllevar la destrucción del perfil marítimo y para pasear no es necesario esculpir la orilla. Muchas veces, con inversiones menores y más razonadas se pueden hacer las cosas mejor.