Cinco días después de la muerte de Mohamed V subía al trono marroquí el príncipe heredero, Mulay Hasán. El decimoséptimo rey alauí, coronado con el nombre de Hasán II, manejó con mano de hierro la difícil situación interna de su país, para la que, ya en 1975, encontró una válvula de escape con la Marcha Verde sobre un Sáhara abandonado a su suerte por España.
02 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.Y, de repente, allá por los alrededores del listón inferior de los mapas de una España imperial, apenas ultramarina, y muy al sur de la Guardia Mora que daba escolta a Franco cuando desfilaba en coche, apareció, casi con la corona en la mano, aquel rey que siempre conservó un aire juvenil entre capitán de yate y jugador de polo, ambos atormentados. Un aire cetrino y de perfil, deportivo en sus atuendos militares, de corte ligero, a la europea en África, con un tono de distinción colonial y aliadófila. Una compostura medio-oriental y suntuosa, vestido de monarca marroquí, norteafricano, con un paso nada ligero, cauto, en el que resonaban los nombres de una mili muy antigua: Larache, Tánger, Tetuán... Marruecos fue siempre mucho más una imaginación de ciudades fronterizas e intrigas crepusculares que una realidad de playas, desiertos y pedregales. En España, entre nosotros, en esa época y a aquellas alturas, nadie pensaba en Marruecos como en Libia, Argelia, Egipto. Marruecos era, como casi todo en nuestra historia contemporánea, una ensoñación vaga y distante de la que no sabíamos si pensar o no pensar, o qué pensar, como ni para qué. El monte Gurugú y el Barranco del Lobo de los que a veces se oía cantar en las tabernas o en los patios de algunos colegios, eran las orlas miniadas de una historia cuya letra pequeña apenas se musitaba en las escuelas o en las esquinas de los libros de texto a las que nunca alcanzaba el tiempo del programa, el calendario escolar de un país con todas las dudas del mundo en cuanto a por dónde comenzar a contar los días y los tiempos. Aquel rey joven, flexible, atezado y felino que así se coronaba ante nuestras narices surgía también, y por otro lado, de las imaginadas viñetas de un abigarrado romance que se tambaleaba en los versos que iban de Roncesvalles al desastre de Annual, en el terror de las afiladas tropas moras avanzando hacia Madrid, en los aspavientos de una emoción nacional que lo mismo pasaba por la epopeya de un Cid Campeador puesto entre Menéndez Pidal y Charlton Heston, que por la traición del conde don Julián mecanografiada por Juan Goytisolo, que por la razia de Almanzor con las campanas de Santiago a cuestas. Hasán II era para los españoles su rey moro, y quizá no tanto para los marroquíes, que vieron pasar aquellos tiempos como los llamados años del plomo, en los que cualquiera a demasiada distancia de palacio podía estar demasiado cerca o en plena oposición y eso le ponía en la cárcel o en la plenitud definitiva de la muerte. Para nosotros era parte de una emoción polimorfa y perversa que lo colocaba entre los jenízaros de Napoleón, la campaña contra los afrancesados, y las lágrimas de Boabdil. Éramos incapaces de suponer que aquel 3 de marzo de 1961 era, en realidad, el comienzo de una dilatada cuenta atrás hacia el despegue de la Marcha Verde. Es verdaderamente significativo y, desde luego, auténticamente sarcástico que el 23 de octubre de 1975, poco después de un tercer ataque cardíaco, Franco le susurrara a Arias que enviara a Solís a Marruecos a gitanear con Hasán II para ganar tiempo. Un tiempo de ganancia dudosa y de pérdida indudable para quienes el 3 de marzo de 1961 estaban, como nosotros, en la inopia: los saharauis.