LA FUERZA de la democracia no está en sus consensos, sino en la dialéctica creativa que surge de posiciones discrepantes. La unanimidad a la búlgara jamás conduce hacia el progreso y la libertad. Y no deja de ser un engaño muy peligroso el creer que hay temas que, por su relevancia o dificultad, deben ser excluidos del debate electoral y parlamentario y de los controles inherentes a las políticas democráticas. El principio fundante de la democracia es la convicción de que no existe ningún asunto político que no sea susceptible de contradicción, y que no tenga al menos dos soluciones alternativas. Y por eso debería verse con total normalidad el que cualquiera de las políticas de Estado, incluida la lucha contra el terrorismo, cause chispazos y desencuentros entre el Gobierno y la oposición. La unanimidad es antinatural, y su reflejo en amplios consensos siempre depende de un pacto artificioso que sólo se justifica en dos circunstancias: cuando existe tal crisis de orientación que no se sabe qué dirección tomar (eso fue el pacto antiterrorista), o cuando se afrontan reformas consensuadas que implican una alteración sustancial del sistema político (eso fue la transición). Por eso es muy importante no confundir el debate, por áspero que sea, con la crisis de gobernabilidad. Porque mientras el primero hace referencia a un modelo de decisión, el segundo designa la pura imposibilidad de gobernar. Y no conviene olvidar que la democracia española, en sus veintiocho años de existencia, apenas registró ninguna crisis estricta de gobernabilidad, aunque tuvo numerosos episodios de enfrentamientos, de crisis de partido y de agotamiento de alternativas. Si juzgásemos sabiamente -como diría Manrique- sabríamos que el único horizonte nuevo y positivo que tenemos frente a ETA es el hecho de que el PSOE haya roto el inmovilismo del pacto antiterrorista, para situarnos a todos -desde el PP hasta Batasuna, y desde ETA a los tribunales del Estado- ante la necesidad de reflexionar sobre el reto de la paz. ¿Adónde nos llevaría la benéfica propuesta de reconstruir el pacto antiterrorista hecha por Pagazaurtundúa? ¿Qué horizonte se abriría si Rodríguez Zapatero, cansado de pelear, decidiese refugiarse en las cómodas tesis de Mayor Oreja? Lo único que cabría esperar de tal hipótesis es la reposición de un discurso tan correcto como estéril que, impostando la rigidez del derecho, y devaluando la fuerza renovadora de la política, nos dejase incapacitados para sajar y drenar la herida colectiva del terrorismo. Porque el problema de la democracia nunca está en el debate que causa desasosiego, sino en la unanimidad ficticia que actúa como una adormidera.