Canas por una orquesta

OPINIÓN

25 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

EL 29 DE febrero de 1996 se presentaba la Real Filharmonía de Galicia. Aquel día, entre el bullicio del Auditorio compostelano, observé que los factores de su gestación habíamos encanecido en el intervalo, y es que, sin perjuicio de la armonía institucional, la fundación de la orquesta requirió un intenso y prolongado esfuerzo. Los promotores habíamos tropezado con múltiples problemas, algunos realmente imponderables, como la pérdida de la mayoría absoluta de un gobierno municipal que podía acreditar su mejor gestión. Sus razones había, pero no vienen al caso aquí. En la negociación se llegó a traer a colación un hipotético gobierno en alianza con el BNG, que ni la Xunta ni parte del equipo municipal veíamos con agrado, evidentemente por razones distintas, y en esa coincidencia se concluyó el acuerdo de crear la orquesta. A pesar de la fausta ocasión, aquel 29 de febrero se veían rostros displicentes. Eran los escépticos respecto a la viabilidad del proyecto y quienes pensaban que tanto los músicos como la batuta debían ser autóctonos, cuya calidad se daba por supuesta, como el valor a los reclutas. ¿Qué hacía en el meollo de la galleguidad un teutón dirigiendo un plantel con tan pocos apellidos de cristiano viejo? La Real Filharmonía, apadrinada por el favor de la corona, nacía vinculada a un proyecto didáctico, la Escuela de Altos Estudios Musicales, precisamente para facilitar la especialización y las salidas profesionales a los músicos gallegos, y a una red de recintos de diversa capacidad y emplazamiento, con excelentes aptitudes acústicas, el Auditorio, el Teatro Principal y el Palacio de Congresos. La orquesta arrancó con energía y pronto se paseaba por Europa. Recuerdo con agrado la presentación en la gran sala de Salzburgo, en el festival de Pascua de 1998. También llegaron las primeras grabaciones con el sello Henssler. El público, poco a poco, fue superando la inevitable fase social y alcanzó la fidelización de un auditorio silencioso y atento. Pero, como en la vida de todos los organismos, también llegó la crisis, con un cambio de directores que se resolvió inadecuadamente, cuando menos en términos formales. Por fortuna, Ros Marbà, practicando la memoria y no el olvido, ha tenido la elegancia de ceder más de una vez el podio a su predecesor, Helmuth Rilling. La cultura, en una ciudad histórica, no es sólo un asunto de programación, sino el Leitmotiv de su vida cotidiana. La Real Filharmonía celebra su décimo aniversario, y Compostela aún tiene que dar algunos pasos para que los ciudadanos la sientan como algo propio. Debería incrementarse el número de abonados, y el sostén institucional necesita un considerable refuerzo empresarial por la vía del patrocinio. La orquesta, pese a su calidad, está un poco ensimismada, no viaja lo que debería y, por lo tanto, no se fomenta la reciprocidad. También se podría intensificar el intercambio de conciertos y batutas en el programa de abono de nuestras dos orquestas; quizá la asunción de Vázquez, que deja en la Sinfónica de Galicia su mejor obra gallega, lo facilite. Esta práctica, en el marco de un panorama autonómico que se redondea con el inicio de los auditorios de Vigo y Lugo y, es de esperar, con la Cidade da Cultura, tendría un efecto multiplicador para la vertebración cultural de la comunidad y le procuraría una plaza estratégica en el concierto peninsular.