LA SEMANA pasada fui a pasar unas horas con Miguel Delibes. Me había invitado antes del verano, pero por unas cosas o por otras, no conseguí aparecer por su casa hasta hace unos días. Llegué sobre la una y me recibió en su estudio, sentado a la mesa del escritorio. A su espalda estaba un cuadro que muchos de sus muchísimos lectores querrían ver directamente: el que da nombre a la novela Señora de rojo sobre fondo gris, una de mis preferidas. Tanto tiempo sin ir por allí hizo que me impresionara enfrentarme a aquel cuadro desnudo, sin marco, que me era tan familiar y tan extraño a la vez. Delibes me contaba cosas y a mí se me iba la vista y la concentración a la pintura dichosa. Me parece que él se daba cuenta y no le parecía mal. O quizá sí y disimulaba. No sé. La señora de rojo, como sabrán, era su mujer, Ángeles de Castro. No la conocí, pero aprendí a quererla a través de él. Al verme de nuevo frente a su imagen, me entraron ganas de quedarme un rato a solas con ella. No sé por qué. A media tarde le dije a don Miguel que volvería pronto a visitarle y me fui. Al subir al coche para iniciar el regreso, se me ocurrió que, en realidad, quería volver pronto para verles... a los dos. pacosanchez@lavoz.es