SEGÚN un informe de la Fundación Telefónica, los españoles dedicamos un promedio de seis horas diarias a distintos medios de comunicación. Destaca de manera abrumadora la televisión, con casi el 60% del tiempo (3 horas y media, aproximadamente); un 30% se emplea en escuchar o simplemente oír la radio (casi 2 horas). El dato más significativo, decepcionante y en cierto modo previsible, es que el personal dedica el 2,6% de esas seis horas promedio a ver o siquiera ojear la prensa escrita, lo que significa que, si los cálculos no fallan, el diario está en activo unos 10 minutos. El resto del tiempo es un papel inútil... basura. El estudio destaca que la gran mayoría prefieren que les cuenten cosas entretenidas, chismes y otros géneros ligeros y no información que, por desgracia, suele ser menos divertida y, cuando se trata de política, llega a ser tendenciosa. El informe viene a demostrar, aunque no lo diga expresamente, que la industria de la estupidez es un buen negocio y hasta una eficaz estrategia para mantener estabulada a una opinión pública conformista. En este aspecto, la televisión pública y sus satélites autonómicos se llevan la palma. Se deduce del informe que la información está perdiendo peso, entre otros motivos porque el periodismo ha perdido parte de su protagonismo, absorbido por el márketing y por los intereses espurios. Basta con ver un telediario para comprobar que lo que se ofrece como noticias de interés general está seleccionado sin criterio, a lo que salga y, desde luego, con la subliminal intención de que el espectador se interese por cuestiones tan determinantes como que a los españoles, cuando se resfrían, no les apetecen las relaciones sexuales. Si la televisión es el medio que atrae masivamente el interés (¿) del personal, no es de extrañar que la buena información, como género periodístico tan necesario para la cultura cívica, esté clasificada como materia reservada por los poderes. En cuanto a la radio, definida en el informe como socialmente influyente aunque vulnerable como empresa, tiene tendencia al liderazgo personal más o menos ecuánime y en algunos casos corrosivo, que quema de manera incesante toda clase de leña para mantener su audiencia. Realmente, y salvando las excepciones, cada emisora tiene la aceptación que se merece en este mercado, en el que el morboso y el que más chilla suelen conformar a un personal con tendencia al forofismo. En el mundo de las ondas, la información flota como buenamente puede. El diario de cada mañana se abre paso literalmente a codazos en el reducido espacio del quiosco y allí queda, apilado, junto a otros colegas, a la espera de que el cliente se lo lleve, previo pago. Se dice en el citado informe que la circulación de diarios está por debajo de los 100 ejemplares por 1.000 habitantes (más o menos como hace veinte años). Añade que, sin embargo, el negocio de la prensa diaria es, en líneas generales, saludable gracias a la estabilidad de los ingresos publicitarios. Aunque la prensa mantiene una categoría influyente entre la clase dirigente y es referencia obligada para programar en los demás medios, su porvenir no está tan claro como parece, porque el periodismo escrito está anclado en su propia idiosincrasia y no se aventura a explorar nuevas formas de comunicar para atraer nuevos lectores. Los presuntos nuevos lectores están en estos momentos en la prensa gratuita, un producto sucedáneo, lógicamente mediocre, de gran aceptación, porque a caballo regalado no se le mira el diente. Este fenómeno, que ya empieza a saturarse, es un peligroso precedente para la formación de futuros lectores. De todo lo dicho se deduce una cuestión fundamental que atañe directamente a la crisis de la información: que el oficio del periodismo también está en crisis. Que cualquier mindundi semianalfabeto se autotitula periodista y porque, en definitiva, el negocio de la comunicación tiende a la vulgaridad y para eso no son necesarios los periodistas con buen oficio. Escribe Fernando Arrabal que «es de lo más sencillo hacer un periódico inteligente: se seleccionan lo colaboradores más imbéciles y se elige exactamente a los opuestos». A lo mejor sería eficaz poner en práctica esa fórmula, caiga quien caiga.