LA POLÍTICA lleva un tiempo hecha un catálogo de sombras chinescas, un método para hablar por hablar sin saber a qué carta quedarse, un escenario de imágenes virtuales, una galería de peripecias en la que los argumentos son efímeros, y sus protagonistas, sedicentes. Cuando los hechos están al alcance del saber y se rinden con honestidad a las tareas de la averiguación, la política tiende a ser un discurso de los hechos, lleno de las cosas que se hacen y de las que se decide no hacer. En ese sentido, la política es un discurso que se refiere a los hechos y a las cosas. Pero cuando los hechos y las cosas comienzan a ser presa del secreto y rehenes de la imaginación, la política empieza a dejar de ser el discurso de los hechos para convertirse en el hecho de un discurso o de varios, aunque todos referidos a sí misma, a la política, al interior de la política, que suele ser su extravío, y no al exterior, que es donde reside la cuota de verdad que le corresponde. Entonces es cuando el oyente de ese discurso entra en la consideración de que no está entendiendo nada. Es una consideración que puede resultarle molesta no porque piense gozar de derecho o deber alguno relacionados con el entendimiento del discurso de la política, sino porque le gustaría saber en qué se gasta el dinero de sus impuestos, ese dinero con el que el ciudadano le paga el sueldo a una Administración, decidida y contratada mediante elecciones, para que haga cosas, las cuente y acredite con los hechos que sirven para algo. Ese es el saber con el que el ciudadano decide prolongar los servicios de la Administración contratada, o prescindir de ellos. Ese saber es la consecuencia de una gestión administrativa transparente. Es muy posible que haya gestiones cuya posibilidad de transparencia sea nula, por las razones que sea o por las que se quiera o prefiera. Y pueden darse ocasiones en las que la voluntad de transparencia desate cálculos y veladuras cuya puesta en perspectiva no sea el trago para el que más dispuesto se encuentre el ciudadano. Una cosa es entender, y otra, no salir de la jaqueca. Con el ciudadano nunca se sabe, y el ciudadano, a veces, prefiere no saber. Es el tipo de ciudadano propenso a los horóscopos y convencido de que cualquier esquina o recodo de la vida sólo tiene el valor de la premonición que oculta. Vive pendiente, por eso, de datos tan inquietantes como la cifra de cisnes muertos, y de peripecias tan excitantes como la asunción de Paco Vázquez al Vaticano. La cifra de cisnes muertos produce una inquietud injusta en el mercado del pollo, porque no hay riesgo alguno en hincarle el diente al pollo siempre que se guise bien y no se le ponga a vivir en casa. Como también es injusto dar por cerrada la carrera de Vázquez por el simple hecho de que los gansos del Capitolio no se alarmen con su presencia. Paco Vázquez es de mi edad, y los de mi edad aprendimos de pequeños, pues lo oímos por la radio, que «Contra la peste aviar, ¡Ornipestil!». Por eso sé que su carrera no está cerrada. Aunque, por otro lado, me dé exactamente igual. O no.