RECONOZCAMOS nuestra ignorancia, aunque tampoco se puede saber de todo. Pero desconocíamos que los asesinos, los secuestradores, los torturadores, los terroristas; desconocíamos, en definitiva, que los descerebrados también son unos guasones. Lo acabamos de descubrir con el último comunicado que ETA nos ha dado el fin de semana. Y es que si no fuera por todo el drama que arrastramos sería como para morirse de risa. Porque tiene guasa, y ahora que vamos a celebrar el antroido es de chirigota, que los que pegan el tiro en la nuca y activan el coche bomba nos digan lo que tenemos que hacer. Que es ir «al diálogo y a la negociación» y «dar pasos sin esperar a nadie». Y si hacemos esto, y como la banda ya está «satisfecha» por el cambio de actitud de algunos agentes sociales, pues puede que mejoren las cosas y que hasta incluso anuncien una tregua. Dicho de otro modo: si hacemos lo que ellos mandan se portarán un poco mejor de lo que se han portado hasta ahora. A los terroristas etarras les ocurre lo que a miles de españoles en los últimos tiempos: que se han creído eso de que el Estado se ha rendido a sus exigencias y que Rodríguez Zapatero está más próximo a ellos que a sus víctimas. Los asesinos aceptan lo que les cuentan desde la otra orilla, de que España se ha puesto de rodillas pidiéndoles una tregua. Y por eso han llevado su postura al grado máximo de bufonería, si es que los mil muertos que dejaron por el camino nos consienten esta licencia, dicha, evidentemente, con todo el respeto. A los asesinos hay que decirles, con extrema claridad para ver si lo entienden, únicamente tres cosas: Que nosotros pusimos el Estado de derecho. Que los muertos también los hemos puesto nosotros. Y que nosotros ponemos el sentido común, la legalidad y las normas. Ellos sólo tienen que poner las armas encima de la mesa. Que no es mucho.