ESTÁ a punto de entrar en vigor una nueva ley de ordenación educativa que pretende, una vez más, corregir las deficiencias de nuestro sistema, logrando una educación de calidad para todos. Y una vez más se parte de la base de que la anterior reforma no consiguió este objetivo, pero se promete que, con las nuevas medidas a aplicar, se alcanzará en el futuro. La verdad es que, en el caso actual, no podemos mantener esta afirmación porque la vigente ley, al no haber entrado prácticamente en vigor, no pudo demostrar su eficacia o ineficacia. Ocurre, sin embargo, que diversas evaluaciones e informes, de diferentes ámbitos geográficos e ideológicos, vienen reiterando al unísono que este objetivo de éxito educativo no se está alcanzando; al contrario, nuestros alumnos tienen cada día más graves deficiencias en su formación básica, tanto a nivel conceptual como, sobre todo, en técnicas instrumentales y de estudio o trabajo intelectual. Dicho sea así, sin entrar en la complejidad terminológica de moda, como puede ser fracaso escolar, calidad educativa, aprendizaje significativo¿ Las leyes educativas pueden contribuir a la solución de esta problemática pero no de la forma más importante y trascendente. Como dijo Torsten Husén, la reforma de la enseñanza no puede sustituir a la reforma de la sociedad. La familia, el entorno sociocultural o los medios de comunicación tienen un papel decisivo en la formación de la persona. Para que nuestros alumnos adquieran una educación acorde con los tiempos deben disponer de buenos centros docentes y de buenos profesores, por supuesto, pero, sobre todo, tienen que querer estudiar, hincar el codo y habituarse al esfuerzo y al sacrificio personal, los cuales no son precisamente agradables. Y es que a los hijos, a los alumnos, no hay que darles exclusivamente cosas agradables. Afortunadamente, cada día tiene menos partidarios la teoría de que el fomento de estos valores pueda producirles traumas. El cariño y el diálogo permanente son fundamentales pero no deben ser confundidos con la claudicación ante las exigencias del niño o con el fácil recurso de culpar al centro docente. Ese esfuerzo, orden, disciplina y constancia que requiere el estudio no pueden exigírsele a los centros docentes si no se practican antes, o al mismo tiempo, en el hogar. Hay una contradicción entre las aspiraciones que se tienen para los hijos -éxito en los estudios y en el trabajo- y los medios que se ponen para conseguirlo. No olvidemos que nuestra sociedad sigue siendo competitiva y meritocrática, por mucho que nos empeñemos en creer lo contrario. La relación entre familia y escuela siempre fue compleja pero en estos momentos está pidiendo a gritos un mutuo apoyo. Los padres pueden delegar en el centro docente aquellos aspectos de la educación de sus hijos que son delegables, pero no deben abdicar de la responsabilidad de inculcarles los hábitos y valores fundamentales para su formación; el diálogo y la cercanía son esenciales pero deben ir acompañados de autoridad, coherencia y constancia. La excesiva permisividad y la libertad sin responsabilidad, tan generalizadas actualmente, no son el mejor caldo de cultivo para conseguir mejorar nuestros resultados educativos y salir de la cola del grupo de países desarrollados.