ALFONSO GUERRA es un personaje incuestionable para comprender la reciente historia de España. De esta España que gustamos en denominar constitucional, por su indefectible vinculación con nuestra Carta Magna de 1978, pero que echaría a andar en realidad algún tiempo antes. Me estoy refiriendo a aquellos apasionantes y, con la perspectiva que da el transcurso del tiempo, ejemplares años de lo que se conoció como la transición política. Alguien de quien se podrían predicar aquellas palabras de otro renombrado político, François Mitterrand, dos veces presidente de la República Francesa, cuando señalaba en sus Memorias: «No soy de los que temen a la historia mientras ésta se hace, pero no me desdigo, sin embargo, de la idea de que una sociedad sólo sobrevive gracias a sus instituciones». Alfonso Guerra es, no hay duda, un político fundamental para acercarse al discurrir de los últimos treinta años de la política nacional y, dada su actual condición de presidente de la Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados, también de la presente. No sé si nuestro hombre, como afirma en sus Memorias -a las que brinda el sugestivo título cernudiano de Cuando el tiempo nos alcanza-, se habrá sentido ya abrazado por su llegada, pero a los españoles de su tiempo, él, desde luego que sí, nos ha alcanzado de forma intensa y además dilatada. En efecto, su persona es clave para analizar muchos momentos sobresalientes de nuestra historia cercana. De entrada, de su propio partido político, el Partido Socialista Obrero Español, cuando el llamado grupo sevillano, capitaneado por un joven Felipe González, y con un activísimo Alfonso Guerra a su lado, se hace con su secretaría general en la ciudad francesa de Suresnes en el mes de octubre de 1974. Más tarde, dada su destacadísima labor durante nuestro proceso constituyente, pues si bien no formó parte de la ponencia constitucional su mediación fue esencial, junto al desaparecido Fernando Abril Martorell, para consensuar entre las entonces dos principales fuerzas políticas (UCD y PSOE) el futuro texto de la Constitución de 1978. Y si esto fue así, qué les voy a recordar que no sepan durante los gobiernos del presidente González, donde ocuparía su vicepresidencia primera desde 1982 hasta 1991. Y ahora, que es en lo que deseamos hacer hincapié, su labor se nos antoja asimismo capital, dada su reseñada posición de presidente de la Comisión Constitucional. Desde ella habrá de desempeñar un papel muy relevante en la compleja tramitación parlamentaria del proyecto de reforma del Estatuto de Cataluña. De momento, sin embargo, la ponencia de la Comisión Constitucional no ha empezado de forma acertada, ya que las gruesas descalificaciones y el discurso ramplón presidieron lamentablemente su solemne sesión de apertura. Sí estuvo, no obstante, en línea con lo esperado Alfonso Guerra, quien resaltó algunas consideraciones de no precisamente menor calado. Así, deseando rememorar los añorados tiempos constituyentes de 1978, y tras una inicial apelación al sentido común, reclamaría «un esfuerzo de acuerdo para que las cesiones de cada uno se conviertan en el éxito de todos [porque] todo es posible si todos quieren [¿]. El consenso de 1978 logró un texto que rompió aquel círculo viciado [el del enfrentamiento]». Para, acto seguido, hacer un llamamiento expreso al acuerdo entre las partes: «Para unos, el texto es la solución a los problemas y el futuro de Cataluña; para otros no reúne los requisitos políticos ni jurídicos necesarios. Todas las posiciones tendrán cabida en los debates». Por ello, y ante el desafortunado discurrir de la sesión, sus palabras de cierre -en las que se podía detectar su conocida ironía, pero también un cierto toque de melancolía- fueron bien esclarecedoras de lo acontecido: «Esperaba mucha más solemnidad y no la he visto. Les recuerdo que quedan dos meses de debate y espero que se hayan desahogado¿ (hagamos) uso de la libertad, a evitar las descalificaciones del oponente y a la voluntad de concordia». Digámoslo claro: los españoles no tuvimos, ¡qué ocasión perdida!, la oportunidad de escuchar de nuestros representantes en el Parlamento lo que nos merecíamos como ciudadanos de un Estado moderno y de una sociedad madura. Aguardábamos un discurso hilvanado sobre consideraciones de profundo calado político y jurídico, pero recibimos poco más que un elenco de burdas y simplistas descalificaciones partidistas. Algo siempre desazonador en cualquier contexto político, pero especialmente en el presente, donde estamos discutiendo, ni más ni menos, que un Estatuto de autonomía que determinará la futura configuración territorial de España. El cometido de Alfonso Guerra no es, pues, nada sencillo. Las más que serias dudas de constitucionalidad del Estatuto de Cataluña y el agrio ambiente de crispación y enconamiento entre los ponentes atisban una tarea harto compleja. Pero aun así, Alfonso Guerra sigue disfrutando, como tuvimos la oportunidad de contrastarlo en un magnífico curso de verano de la Universidad Rey Juan Carlos sobre La reforma de la Constitución, el pasado año, de esas cualidades que hicieron de él un político de primer orden. El mantenimiento del vigente régimen constitucional y de sus instituciones así lo demanda.