La insoportable medalla de la crispación

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

EL LEMA de la crispación que arrasa la política española a cuenta de la lucha contra ETA podría, curiosamente, ser el mismo que figura en las cursis medallas del amor: hoy más que ayer, pero menos que mañana. De hecho, nadie sensato hubiera creído hace unos meses que íbamos a asistir a lo que estamos asistiendo en estos días: de un lado, a una sucia, por falsaria, campaña del PP acusando al Gobierno de facilitar la puesta en libertad de etarras condenados a cientos de años de prisión; de otro, a un pronunciamiento oficial del presidente del Gobierno acusando al PP de impedir el fin de ETA y proclamando que la política diseñada para acabar con la banda terrorista se llevará a cabo en todo caso, aun sin contar con quien hoy representa a casi cuatro de cada diez votantes españoles. La forma habitual de abordar esta confrontación a cara de perro entre el PSOE y el PP consiste en buscar un buen culpable, es decir, uno que lo sea al cien por cien. Así, para unos, los responsables de este descomunal desaguisado serían los actuales dirigentes populares, que habrían roto el pacto más sagrado de la política española: el de no utilizar la lucha antiterrorista para desgastar al Gobierno y ganar, a su costa, apoyo electoral. Otros están, por el contrario, persuadidos, con la misma ciega convicción, de que el único culpable de que la brecha entre los dos grandes partidos se agrande por minutos es el Gobierno, que habría cambiado por su cuenta y riesgo la política antiterrorista pactada previamente y se habría metido en una arriesgadísima aventura sin otro objetivo que el de apuntarse el tanto de una tregua. Ese ejercicio político, intelectual y periodístico de buscar primero, y justificar después, inocentes universales y culpables absolutos presenta, al margen de otros muchos, un problema primordial: que no permite encontrar el sosiego necesario para cambiar la actual situación de imparable enfrentamiento por una que empiece a hacer posible esa colaboración entre el PSOE y el PP que para millones de ciudadanos es la mayor fuente de confianza en la lucha contra ETA. Una lucha -no se olvide- en la que todos los avances sustanciales se han conseguido de la mano de la unidad de las fuerzas democráticas. ¿Se imaginan qué hubiera acontecido si el PSOE y el PP no hubieran pactado la ley de partidos que ha colocado al mundo etarra por primera vez en su historia al borde del abismo? Es muy fácil: lo mismo que ocurrirá si el PSOE y el PP no aceptan que lo que queda por hacer para rematar aquel trabajo no podrán afrontarlo mientras se acusan mutuamente de ser un obstáculo en la lucha contra ETA.