CUANDO no se sabe qué hacer no queda más remedio que pactar. Pactar para que la oposición no apriete. Pactar un discurso tópico y único, muy cómodo para los políticos y opinadores, sin que nadie evalúe los resultados. Pactar para que las responsabilidades del Gobierno y de la oposición se externalicen a toda la sociedad y se disuelvan en la multitud de los manifestantes. Pactar para que el Gobierno actúe como una víctima más, o un miña xoia , en vez de ser el objeto de las protestas y el responsable formal de todo cuanto sucede o no sucede. Pactar para que el primer problema de una sociedad se excluya de las campañas electorales, del Parlamento y de la pluralidad de una opinión pública libre, para que todo se exprese -como el clima- en términos de inexorabilidad y paciencia. Eso fue, no lo duden, el Pacto Antiterrorista, que el propio Rodríguez Zapatero resume muchas veces en la horrenda frase con la que reprende al PP: «Yo nunca puse en cuestión su política antiterrorista». ¡Como si eso fuese un mérito, o una apuesta por la democracia, o una actuación responsable frente a lo que acabó en una memorable desfeita, o una forma de vigilancia frente al caos policial que se evidenció en la comisión de investigación sobre el 11-M! Pero las cosas han cambiado desde que Zapatero llegó al poder. Y todo indica que, consciente de que el final de ETA necesita un pequeño empujoncito -que complete la labor del tiempo, de la policía, de la cultura democrática y del nuevo contexto internacional-, el Gobierno está dispuesto a ponerle un puente de plata al enemigo que huye. Y es en este momento, a la hora de arriesgar, cuando se rompe el Pacto Antiterrorista y empiezan los reproches a cara de perro. La oposición cree que así no vale. El Gobierno cree que si espera por el PP no va a ninguna parte. Y a nosotros, ciudadanos, nos toca decir que esta situación es más natural que la anterior, y que estamos dispuestos a respetar primero, y a juzgar después, la difícil y comprometida estrategia del Gobierno. ¿Y qué pasa si todo sale mal? Pues lo mismo que pasó durante cuarenta años: nos cobramos la responsabilidad en las urnas, ponemos a otros dirigentes al frente de la lucha contra ETA, las mafias, el narcotráfico y la delincuencia organizada, y volvemos a empezar. La evidencia de que ETA está al borde del colapso existe. Y la posibilidad de que el terrorismo se enquiste en un callejón sin salida, también. Y por eso debemos pedirle al Gobierno que busque una salida rápida, jurídica y democrática. Lo otro, el hacer discursos maximalistas y patrióticos, es lo mismo que esperar a que el cielo lo resuelva. Y eso, ya se sabe, llega siempre, pero llega tarde.