Un gallego ilustre en el Vaticano

| FEDERICO FERNÁNDEZ DE BUJÁN |

OPINIÓN

10 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

LA GRATA noticia del nombramiento de Francisco Vázquez, histórico y carismático alcalde de La Coruña, como embajador ante la Santa Sede, me lleva a intentar enhebrar algún dato histórico con alguna reflexión programática sobre la misión que le espera en la Ciudad Eterna. Su nombramiento se ha hecho oficial con inusitada rapidez. Ha sido instantáneo el preceptivo plácet, lo que confirma el acierto de la propuesta. Ostentar esa representación diplomática supone, sin duda, entrar en la historia. El Vaticano es el primer Estado de la Edad Moderna que establece un sistema jurídico de relaciones diplomáticas. Actualmente tiene acreditados a 180 Estados y participa en más de 40 organizaciones internacionales. Para desarrollar tan intensa actividad, el Papa se auxilia de la Secretaría de Estado, que es el dicasterio de la Curia que colabora más íntimamente en su misión. Su origen se remonta al siglo XV. En 1988, Juan Pablo II promulga la Constitución Pastor Bonus que reforma la Curia y divide la Secretaría de Estado en dos secciones: una para asuntos generales y otra para relaciones con los Estados. De este modo asegura la unicidad y la especificidad. La Secretaría está presidida por el cardenal Angelo Sodano. Hoy, el decano del Cuerpo Diplomático es el embajador de San Marino, por ser el titular más antiguo en el cargo. Sin embargo, España es el primer país que establece una legación diplomática. La iniciativa parte de los Reyes Católicos siendo Papa Sixto IV. Por ello, nuestra representación institucional es decana en el protocolo vaticano. La Embajada ocupa, desde hace cuatro centurias, el elegante Palacio de España, siendo la sede física más antigua en funcionamiento entre todas las embajadas del mundo. El embajador ha desempeñado un papel fundamental en nuestra historia nacional, siendo además introductor de artistas patrios en sus estancias romanas e impulsor de manifestaciones culturales españolas en Italia. Por ello, además de una delicada misión ante una diplomacia exquisita, goza de un prestigio político y cultural altamente estimado en los círculos intelectuales romanos. En la presentación de Jorge Dezcallar como embajador, en el 2004, Juan Pablo II decía emocionado: «No puedo olvidar mis cinco viajes a su país. Recuerdo el más reciente, cuando a la expresividad de los testimonios se unió un fervor desbordante... Encontré una fe profunda y un afecto entrañable. Consciente de ello, me despedí de los españoles diciendo: no descuidéis nunca esa misión que hizo noble a vuestro país en el pasado y es reto intrépido para el futuro». En sintonía con estas palabras, en fechas recientes, afirmaba Dezcallar: «La antigüedad de nuestras relaciones... muestra una voluntad compartida por encima de las contingencias... e invita a mirar con perspectiva... en la seguridad de que nosotros pasaremos y ellas permanecerán sanas y robustas como siempre». El pasado mes de enero Benedicto XVI, en su tradicional discurso de Año Nuevo ante el cuerpo diplomático, declaraba: «La Iglesia difunde el mensaje de Cristo que vino a anunciar la paz... y vosotros, eximios representantes de vuestros pueblos tenéis, según vuestro estatuto, este noble objetivo: promover relaciones internacionales amistosas en las que se sustente la paz». El cumplimiento de su transcendental misión no se le presenta fácil a Francisco Vázquez. Consciente de ello, y con su mejor espíritu, ha dicho: «Intentaré ayudar al entendimiento con la Iglesia católica, cuya fe profesa una mayoría de españoles, entre los cuales yo me encuentro». Sabiendo que es un hombre de buena voluntad, con sensibilidad histórica y espiritual, creo que hemos sido muchos los que al recibir la noticia hemos pensado que es una buena noticia.