La crisis de las viñetas

| CARLOS G. REIGOSA |

OPINIÓN

A LA VISTA de las viñetas danesas sobre Mahoma y la ola de violentas protestas en el mundo islámico, uno podría preguntarse dónde están esas civilizaciones capaces de sustentar una alianza consistente y duradera. Han bastado unas imágenes ni siquiera afortunadas, pero sí legítimas, para incendiar el bastión del entendimiento. Puede estar orgulloso el imán palestino-danés Ahmed Abu Laban, quien, disgustado porque el Gobierno de Copenhague no escuchaba sus quejas, se fue a Arabia Saudí, Egipto, Qatar, Pakistán y Bosnia a internacionalizar el problema. Y lo logró. Para mal, claro. Porque si alguien debía saber en qué consiste la democracia occidental y la libertad de prensa es este líder espiritual que vive en la rica y pacífica Dinamarca. ¿Por qué se fue por el mundo a soliviantar a sus hermanos de religión? Lo siento, pero encuentro más disculpables -sin disculparlos- los arrebatos callejeros producidos en los países islámicos que la denuncia del imán que atizó las protestas desde su privilegiado mirador danés. Del mismo modo que hallo más disculpables las manifestaciones espontáneas (Marruecos, por ejemplo) que las teledirigidas por los gobiernos de Siria, Irán o Arabia Saudí. Porque no todo es Mahoma en esta sonada trifulca. También hay mucha demagogia y mucha instrumentalización oportunista por parte de algunos tiranuelos. No se trata de caer en el juego de pagar con la misma moneda y fingir que no entendemos a los ofendidos. Porque los entendemos. Pero entenderlos no convierte en aceptables los ataques contra las embajadas ni justifica el sacrificio de nuestra libertad de prensa. Se trata de comprender la situación justamente para no empeorarla. La comunidad islámica muestra su poder por una vía equivocada, pero lo muestra. La comunidad occidental debe mostrar el suyo por la vía acertada: la defensa de la democracia, que incluye -¡debe incluir!- el respeto a los demás. Sólo así la tormenta se irá apaciguando. Porque esta es la realidad de dos civilizaciones que colisionan precisamente por su creciente cercanía (sobre todo mediática). Algo huele a podrido, pero esta vez no es en Dinamarca, sino en los palacios de algunas satrapías.