EN EL AÑO 2000 la población de mujeres y hombres, distribuida en función de la edad, era en España como sigue: a) hasta los 20 años, los varones superan ligeramente a las mujeres; b) en el segmento de población de 20 a 55 años, la cifra de hombres y mujeres es prácticamente igual; c) en la población de 55 a 80 años, por cada 100 hombres las mujeres crecen de forma exponencial, pasando de 105 a 150; d) en el tramo de 80 a 90 años, por cada 100 hombres las mujeres continúan aumentando y pasan de 150 a 220; e) finalmente, por cada 100 hombres mayores de 90 años, el número de mujeres alcanza ya cifras que oscilan entre 220 y 280. Son datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística en 2002. O sea, que perdemos por goleada. Por eso ningún varón debería cometer el error de molestarse si alguna vez le entonan con pasión esa letra castiza y envolvente que luce en el himno del Atlético de Madrid: ¡que manera de sufrir!... ¡que manera de palmar! ¿Qué causas o factores explican esta realidad subyacente del varón ibérico?, ¿no es lo masculino sinónimo de energía, músculo, vitalidad, poderío?, ¿no es la mujer expresión manifiesta de fragilidad, quiebra, debilidad, protección? Las condiciones de trabajo, los hábitos sociales e incluso la conducción, ofrecen razones y evidencias que explican en parte una realidad vieja que todavía se oculta o disfraza. Pero todo cambia a gran velocidad. Las causas de muerte entre hombres y mujeres, a partir de 55 años, son hoy diferentes y dañan al varón: cáncer de pulmón y bronquitis crónica (ambas asociadas al tabaco), enfermedades y accidentes laborales, así como los accidentes de tráfico, pero no se debe olvidar el infierno atroz que padeció la mujer con edad superior a 50 años. La división del trabajo y la dominación masculina -que la norma y la moral bendicen- pasan ya factura diferenciada. Pero mientras el hombre palma con dignidad estúpida y reflexión insuficiente, el sutil nervio de hierro de la mujer resiste y sobrevive. Y aunque tropiece hoy con inercias dañinas (tabaco, alcohol, velocidad) porque prevalece el viejo referente masculino, los tiempos son propicios para superar el error y seguir tirando del varón. La garrida mujer manchega cantada por Machado, muy sobre sí doncella y perfecta de casada, es ya prehistoria. Pero resiste la soberbia del varón hispano. Esa soberbia que Ortega define como enfermedad grave de la función estimativa. Y el honor, ese maldito y medieval honor que tanta violencia y crímenes justifica. La libertad es casi siempre un principio proclamado, pero la mujer sabe bien cuanto desgarro y llanto se deja en el camino. Una conquista tenaz que ayuda a comprender mejor donde está el secreto de tanta superioridad.