EL DEBATE sobre las representaciones figurativas de la divinidad y los santos forma parte intrínseca de nuestra cultura. Primero porque la controversia iconoclasta, que destruyó una parte importante del patrimonio artístico bizantino, se produjo al mismo tiempo en que se introducía en el islam, de forma tardía, la prohibición estricta de representar a Alá y al Profeta (siglo VII y VIII). Después porque el arbitrio dictado en el II Concilio de Nicea (787) nunca consiguió cerrar la polémica sobre las imágenes en el ámbito del Cristianismo. Y tercero porque la Reforma protestante retomó a su manera el principio iconoclasta, que sólo los católicos contradecimos radicalmente bajo los auspicios del Concilio de Trento. Es cierto que la secularización de la sociedad occidental, que se impuso poco a poco desde el siglo XIII, acabó relativizando muchos de estos problemas e imponiendo en su lugar el principio de las libertades de pensamiento y expresión que hoy dominan nuestro universo político. Pero no es menos verdad que todas nuestras guerras y revoluciones se desarrollaron en medio de grandes movimientos icónicos e iconoclastas que construyeron y destruyeron símbolos e imágenes con más furia y radicalidad de la que hemos empleado contra la injusticia y el error. Para los musulmanes, que siguen pendientes de un proceso de secularización que parece inalcanzable, aún sigue siendo sagrada e incuestionable la prohibición de representar la divinidad en imágenes. Y, carentes del pluralismo político y axiológico que define la sociedad occidental, tampoco disponen de los recursos intelectuales que son imprescindibles para convivir con credos y universos morales esencialmente diferentes. Por eso no nos pasa nada si, haciendo un uso inteligente de nuestra libertad de expresión y pensamiento, optamos por posturas que, sin mermar para nada nuestra dignidad ni nuestro bienestar, y sin hacer mella en nuestra libertad, nos permiten convivir con los musulmanes con respeto y civilidad. Pero esta absurda polémica, que a corto plazo no tiene más solución que la prudencia y el buen juicio, nos obliga a pensar el mundo desde otra perspectiva, para que, en vez de alentar todo lo que nos lleva a la guerra y a la imposición de nuestras visiones del mundo, nos conduzca a la formulación de principios morales que sean compatibles con todas las culturas y religiones que inexorablemente se relacionan y cruzan en la sociedad global. Si no lo hacemos así, tendremos muchos problemas banales susceptibles de degenerar en gravísimas crisis. Y acabaremos por incendiar una hoguera que, como siempre sucedió, sólo se alimenta de principios absolutos que el vecino no reconoce.