Mozart murió pobre a los 35 años y fue enterrado en una fosa común. Ahora, cuando se cumple el doscientos cincuenta aniversario de su nacimiento, el Gobierno austríaco ha estimado que el año Mozart va a generar unos 5.000 millones de euros sólo en ventas mundiales de su música. Y una ola de recuerdos con su nombre ya lo anega todo: desde embutidos a perfumes, pasando por dulces, aguas minerales o vinos. Nada relativo al éxito le es ajeno al genio que murió en la miseria. Una paradoja de la vida, que es muy aficionada a ellas. La paradoja Mozart, cuyo nombre ya es de todos menos de él. Un creador incomparable en el que se afana ahora toda la mediocridad administrativa austríaca para rentabilizarlo como un atractivo turístico más. Un creador único que justifica la mozartmanía en que se zambulle el mundo entero. Vean la programación de sus óperas y comprobarán que España tampoco se ha quedado atrás. Todos dispuestos a celebrar la maravilla de habernos conocido... en una cita cualquiera con la música de Mozart. Esa música de la que, sin embargo, tanto desconocemos y tanto seguiremos desconociendo. Porque, una vez pasado este año de fastos, Mozart seguirá siendo un extraño, un galáctico. Un enigma aún sin descifrar.